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17.6.11

Encuentro casual.

Hotaru estaba tumbada en el césped, disfrutando de su descanso bajo la sombra de un sauce llorón enorme, su árbol favorito. Tenía al lado la bicicleta, había recorrido un largo trecho en ella y estaba algo cansada, necesitaba descargar adrenalina y había decidido a dar una vuelta. Había ido cogiendo más y más velocidad y al final había acabado muerta, pero bastante satisfecha. Hacía días que no lograba dejar su mente en blanco, ni siquiera con el baile, siempre acababa pensando en lo mismo, se agobiaba y bloqueaba, todo por ese estúpido sentimiento que no lograba sacarse de encima, esa persona que no lograba sacarse de la cabeza. Cerró los ojos, se estiró y suspiró.

De pronto noto esa sensación de que alguien la observaba, como que tenía a alguien sobre ella. Frunció el ceño y abrió un ojo para cerciorarse de que no había nadie allí y de pronto vio la cara de Peter a escasos centímetros de ella, se asustó y su primera reacción fue levantarse, por lo que se dieron un cabezazo.

   ¡Baka! -gritó Hotaru ya sentada frotándose la frente en el lugar donde se había chocado con Peter - ¿Te parece normal observar a la gente de esa manera? ¡Vaya susto me has dado! Eres de lo que no hay... ¿qué estás haciendo aquí?

   Menudo genio tienes Hot, a mi también me has hecho daño ¿eh? -soltó llevándose una mano a la cabeza y frotando también su futuro chichón.- De todos modos... ¡gomennasai! -gritó mientras se inclinaba a modo de disculpa.

   Bueno, no pasa nada, al menos se nota que me escuchas cuando te enseño cosas. -dijo dedicándole una dulce sonrisa.

   Claro que sí, Hot, ¿cómo no voy a hacer caso yo a mi maestra favorita? -le respondió con voz juguetona guiñándole un ojo y luego se echó a reír.

   Te he dicho mil veces que no me gusta que me llames así, suena demasiado pervertido... -suspiró moviendo la cabeza de un lado para otro- Aunque sé que jamás vas a hacerme caso, eres un caso perdido.

   ¡Eh! ¿Qué quieres decir con eso? -le dijo poniéndose de cuclillas y mirándole con los ojos entrecerrados y una expresión __ se dibujó en su cara.

   Bueno, no es algo malo, yo no... -balbuceó Hotaru intentando justificarse- No quería decir que fuese malo, no te lo tomes a mal, es solo que eres un poco... jo, no sé cómo decirte Peter, es que a veces tienes unas cosas...

Se puso nerviosa y miro hacia otro lado mordiéndose el labio inferior, no quería que se lo tomase a mal, ¿cómo iba a tener algo en contra de él si...?

De pronto él estalló a reír, siempre hacía lo mismo, ¿cómo podía no habérselo esperado?

   Deberías haberte visto la cara, Hot, qué fácil es engañarte, ¿eh? ¡Tú sí que eres única! -dijo entre carcajadas.

   Calla, imbécil, no juegues conmigo. -y tras decir esto le empujó con un dedo en la frente e hizo que éste se callera hacia atrás no sin antes engancharle de la mano y hacer que ella callese sobre él. Sus caras quedaron a centímetros, se miraron a los ojos unos instantes, instantes en los cuales el corazón de Hotaru latió desvocado, sintió que estaba apunto de salírsele del pecho y que necesitaba salir de allí. Peter la miraba alternando entre sus ojos y sus labios, cosa que hacía que se alterase más y cuando notó que iba a lanzarse se levantó, cogió la bici, la levantó y se subió a ella.

   Lo siento, yo... tengo muchas cosas que hacer, nos vemos otro día, ¿vale? ¡Hasta otra! -y pedaleó con todas sus fuerzas para alejarse cuanto antes de aquella situación que podía con ella, que la superaba, que la dominaba. Jamás se había sentido tan débil y menos ante un sentimiento, se sentía como una figura de cristal y no le gustaba, no le gustaba para nada esa sensación. Su corazón seguía latiendo rápidamente y más con el esfuerzo físico que estaba realizando y de pronto unas cuantas lágrimas brotaron de sus ojos, las secó con una mano, respiró hondo y siguió pedaleando hasta casa. No dejaría que lo que fuese que estaba sintiendo la dominase, no había luchado tanto para terminar sintiéndose tan frágil. No podía permitirse dejar sus sentimientos en manos de otra persona.

Mientras tanto Peter se quedó allí tumbado, con cara de no entender nada, pensando qué podría haber hecho mal.

   Creía que le gustaba, quizá me equivoqué y solo es amistad lo que quiere... ¿cómo he podido ser tan estúpido? No debería haber hecho nada, seguro que se dio cuenta de que iba a lanzarme... ¡mierda! Espero que esto no cambie nada.- pensó para sus adentros mientras suspiraba y se echaba las manos a la cabeza. - Espero que no cambie nada.


*La palabra baka (馬鹿) es una palabra japonesa que quiere decir tonto, idiota o lelo dependiendo del contexto.

8.3.11

Sentimientos sobre el papel.

Hotaru llevaba días ligeramente ausente, como si estuviera en otro mundo. No paraba de pensar en la misma persona, se le escapaban suspiros al recordar momentos con él, palabras... intentaba deshacerse de todas esas sensaciones, llenarse la cabeza con otras cosas, pero cuando se descuidaba su mente volvía a traicionarla para terminar  con las mismas ensoñaciones. No podía seguir ocultándolo por más tiempo, ocultándoselo a sí misma, y por ello decidió confesarse con quien mejor lograba entenderla. Cogió un folio, un bolígrafo, y dejó que las palabras saliesen solas.


"No sé qué tienes pero me gustas, hay algo dentro de mi que se siente atraído por ti, quisiera acercarme y estar a nanómetros de ti, sentir tu respiración, tus suspiros. Sentir el latir de tu corazón. Tocarte y recorrer sin las manos cada centímetro de tu cuerpo. Quisiera tenerte tan cerca de mi que tuviera que cerrar los ojos para no marearme viéndote borroso y doble.

Dejarme llevar por tus caricias, escuchar palabras de tu boca que me ericen todos los pelos, sonreír como una tonta mientras te miro fijamente a los ojos. Pero, ¿por qué lo quiero?, ¿por qué de ti?. Hay algo dentro de ti que hace que mi cuerpo se estremezca solo con escuchar tu nombre. Es cerrar los ojos y ver tu sonrisa.Es imaginarte, escuchar tu voz haciendo eco dentro de mi sesera y... el frío de mi corazón se derrite y una oleada de sensaciones inunda mis sentidos.
No siento nada de esto por placer, debes creerme, no quiero volver a caer en esa espiral de estupidez y no poder vaciar mi mente de pensamientos hacia ti. Pero no soy dueña de mi cabeza cuando el asunto principal eres tú, no sé cómo lo has conseguido pero has monopolizado cada minúsculo rincón de mi cuerpo, no puedo esconderme de ti, no puedo olvidarme de sentir.
Quizá algún día descubra qué es lo que tienes, quizá algún día descubra por qué me haces esto sin querer -evitarlo-, pero hasta entonces... solo queda resistir, recongelar de nuevo mi órgano vital aunque ya hayas roto la cadena del frío y esto no sirva para nada más que para empeorar su débil estado."

Tras esto, Hotaru dejó el bolígrafo sobre la mesa, se encogió con las dos piernas sobre la silla, puso su cabeza sobre éstas y miró por la ventana. Hacía un día magnífico y acababa de darse cuenta de que comenzaba a necesitar de él, no le gustaba la idea pero... ¿qué podía hacer?

25.11.10

Hotaru Akemi ~Brillante y bella luciérnaga~

Me llamo Hotaru Akemi y tengo 22 años. Mis padres son japoneses y nos mudamos a Canadá cuando era relativamente pequeña por lo que no recuerdo demasiado de mi vida allí. Jamás quisieron decirme el motivo de nuestra mudanza, pero sospecho que no deberían llevarse demasiado bien con su familia y amigos debido a que nunca hemos vuelto ni han dado indicios de querer hablar del pasado.

Desde bastante pequeña me sentía llamada por el baile y cuando salía a dar paseos por aquí veía a gente bailando breakdance, me quedaba sentada en un lugar alejado de ellos desde el que podía analizar sus movimientos y escuchar el ritmo de la música. Me fascinaba la capacidad que tenían para moverse siguiendo cada melodía, dejándose llevar por las notas musicales... era increíble. Y cada vez que volvía a casa, de noche, empezaba a tararear dentro de mi cabeza el ritmo de las canciones que lograba recordar e intentaba hacer alguno de los pasos que ellos habían hecho. Poco a poco fui consiguiendo más soltura a la hora de moverme hasta llegar a un punto en que mi cuerpo se movía solo al escuchar cualquier melodía.

Todas las mañanas iba a la escuela donde me limitaba a estudiar y aprender lo que los profesores nos explicaban, no tenía mucha relación con los demás alumnos ya que me veían diferente a ellos. En los descansos que teníamos me limitaba a irme a un lugar apartado, sacar mis apuntes y hacer los deberes que nos mandaban para tener más tiempo libre al volver a casa. Cuando había acabado con ellos, cosa que no solía tomarme demasiado tiempo, cogía un cuaderno y empezaba a divagar por mundos desconocidos, mundos inventados e irreales en los que me cobijaba para evadirme de la realidad, porque apenas me gustaba. Llegué a escribir historias fascinantes y conforme pasaba el tiempo mejoró mi escritura, pero jamás enseñé mis trabajos a nadie, sentía que eran míos, muy íntimos, casi parte de mi, así que era totalmente incapaz de desnudarme, por así decirlo, ante los demás. Por las tardes, al llegar a casa, mi padre me enseñaba artes marciales durante dos horas todos los días, desde que cumplí los 7 años. Empecé siendo un poco torpe pero cuando pasaron unos cuantos días conseguí hacerme a ello y con un par de años de experiencia fui capaz de parar alguno de sus golpes. Esto también me ayudó a la hora de coordinar mis pasos de baile.

Con 12 años comencé a salir por las calles de mi ciudad, me sentía segura dado que llevaba bastante tiempo sabiendo defenderme y gracias al baile era bastante más ágil. En varias ocasiones me vi inmiscuida en alguna que otra pelea callejera por simples malentendidos, los cuales la mayoría de las veces tenía que ver con mi raza, todavía no entiendo por qué me veían diferente tan solo por tener rasgos japoneses. En esas trifulcas me vi obligada a usar las técnicas que mi padre me había enseñado. Que vieran que siendo tan pequeña sabía defenderme de aquella manera, les hizo mirarme de otra forma y comenzaron a, digamos, respetarme en cierto modo. Dejaron de meterse conmigo e incluso permitieron que les mirase mientras bailaban, pero durante un buen tiempo no fui capaz de decirles que yo también sabía, más que nada por el simple hecho de que yo podía creer que lo hacía bien, pero a ojos de los demás podía estar haciendo muchas cosas mal y no quería perder mi seguridad en mi misma. Al cabo de año y medio saliendo con ellos fui mejorando mi técnica en el baile y tuve la suficiente seguridad en mi misma como para salir a bailar en medio de una de sus batallas. Todos separados en dos grupos, música y cada uno que intenta demostrar el talento que tiene ante los demás, dejándose ver que es mejor que el oponente. Cuando salí yo todos se me quedaron mirando, tenía apenas 14 años y me movía mejor que algunos de los que estaban allí. Fue como una manera de aumentar mi nivel de respeto ante el grupo. Dentro de lo que cabe yo no podía considerarles amigos míos, simplemente eran como parte de mi banda, había respeto, si alguien te hacía algo iban a defenderte, pero no eran la clase de personas en las que confías plenamente y por las que ofrecerías tu vida, porque sabes que si ese momento llegase a suceder, ellos tampoco lo harían por ti. Tras años de callejear por la ciudad en la que estaba creciendo, de hacer cosas de las que no me siento totalmente orgullosa pero que eran necesarias en aquellos momentos, de aprender a defenderme, a hacerme respetar, a mentir si eso era necesario para conseguir lo que yo necesitase en cada momento... llegó el momento de madurar y empezar a buscarme realmente la vida. Logré sacarme el título de profesora de breakdance, fui a clases con verdaderos profesionales que me enseñaron a perfeccionar cada detalle y terminé por tener un grupo a mis 18 años, primero eran niños entre 5 y 9 años, daba igual la edad, el hecho era que quisieran aprender, y empecé a dejarme llevar, conseguí buenos resultados y me sentí bastante realizada. Seguía costándome sentirme totalmente involucrada en aquella sociedad que aun sin querer seguía mirándome de manera extraña, pero igualmente era lo que yo sentía y por el baile lo daba todo. Más tarde, a los 20, empecé a dar clases a personas que ya sabían bailar, pero les enseñaba lo que yo sabía y juntos aprendimos a mejorar como personas y bailarines, y desde hace dos años hasta ahora, es lo que he venido haciendo. Aparte, eso sí, de ayudar a mis padres con la manutención de la casa, en cierto modo se nota que comienzan a envejecer y necesitar más ayuda. Mi padre sigue entrenando conmigo todas las tardes, dos horas diarias y además de trabajar con las clases y el grupo, trabajo por las noches en una discoteca de camarera, no es demasiado lo que gano, pero me sirve para vivir el día a día. Así soy yo, y esta es mi historia, supongo que siempre queda algún recoveco por tratar, pero ni con todas las palabras del mundo se puede abarcar cada detalle de una vida entera.