- Mamá, pero... pero... - Hellen intentaba hacerle entender que no era para tanto pero era imposible.
- He dicho que no y es que no, no insistas porque no vas a conseguir nada- cerró los ojos con un suspiro exagerado y se dirigió hacia la cocina dando por zanjada la conversación pero ella no iba a darse tan pronto por vencida. La siguió y continuó con su canto al silencio.
- Si no me das razones es porque no hay ninguna de peso, ni siquiera tú ves nada malo, es solo que eres una cabezota. Siempre estás con el rollo ese de que solo quieres hacerme feliz pero yo no lo veo. Siempre que te pido algo tienes el no en la boca. Ha pasado tanto tiempo desde que tenías mi edad que ya se te olvidó lo que es que te rompan tus ilusiones y siempre te nieguen todo- siguió diciéndole lo injusto que era, no entendía por qué no podía si no le estaba pidiendo nada tan extraño pero su madre estaba cerrada en banda.
- ¿Pero a ti te parece normal? Primero me insistes con una idea estúpida y ahora me llamas vieja, en mis tiempos... ay, ¡tú verías en mis tiempos!.
Se puso a farfullar con cosas del siglo pasado, pero Hellen no se podía dar por vencida.
- ¿Qué dichoso problema puedes tener con que duerma una noche fuera? ¿Me va a comer el coco? Es que no tiene sentido alguno y creo que ya tengo edad suficiente...
- ¡Edad suficiente dice! - le interrumpió de mala manera.- Yo no hice nada con tu padre hasta haberme casado, ahora todas se abren con mucha facilidad, no debería estar permitida tal indecencia - se le encendió la cara de rabia.
Hellen se quedó sorprendida, ni siquiera se había referido al sexo pero había hallado el punto clave.
- ¿Así que no me dejas dormir con mi novio porque piensas que me lo voy a tirar? Esto es increíble, ni que solo se pudiera hacer de noche y con la luz apagada. ¿Acaso nunca has estado enamorada? Dormir con alguien a quien quieres es más que solo sexo, es mil sentimientos revolviéndose en unos cuantos centímetros de cama. Sentir el calor de su cuerpo en invierno o el frío de sus manos en verano. Darte la vuelta y observar como su pecho sube y baja tranquilo y relajado. Dormir abrazado a él es sentirse segura durante unas horas que querrías que fuesen eternas. No hay mejor sensación que despertar y ser su sonrisa lo primero que veas acompañada de un "buenos días, pequeña" con voz de semidormido y la mirada a medio amanecer. Comerle a besos y reirte de lo mucho que tarda en reaccionar porque aun sigue entre sueño y vigilia. Despertarse feliz por el mero hecho de que está cerca y sientes su felicidad recorriéndote el cuerpo entero. ¿Sabes lo espectacular que es? Porque si no me apeno de ti y de tantas noches perdidas. El amor te da vida, no tiene que quitártela. Y digas lo que digas voy a ser feliz con o sin tu consentimiento. No puedes retenerme para siempre como si estuviera en un castillo protegido por guardias.
Después de aquel discurso su madre se quedó sin saber qué decir y ella cogió su abrigo y se marchó. Tantas palabras sinceras y pensamientos juntos conlleva un rato procesarlos, quizá con eso cambiaría de opinión, o no... pero al menos se había desahogado.
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Me senté en la cama, arropada por las sábanas y mantas que tenía al alcance y parpadeé múltiples veces hasta hacerme con la oscuridad de mi habitación, vi un peluche cerca de mi cabecera y lo cogí, al menos así tendría algo que abrazar. Cuando iba a volver a sumirme en la soledad de mis sábanas me di cuenta de que había una gorra encima de la lámpara, un recuerdo... quizá con eso fuera capaz de conciliar mejor el sueño, la cogí y la dejé encima de mi almohada, apoyé mi cabeza sobre ésta y dejé descansar mi cuerpo bajo el calor de las mantas. Cerré los ojos e intenté dejar la mente en blanco, no pensar me serviría para caer en un sueño profundo, sí, era la mejor idea...
Y de pronto escuché su voz, recordé su mirada, sus gestos, sentí una mano recorrer mi espalda, noté el calor de sus besos sobre mis labios, su aliento en mi cuello, escuché cómo me susurraba te quiero al oído... ¿me estaría volviendo loca?
Demasiado rápido, me acostumbraba demasiado rápido a las cosas y eso no era bueno, no podía permitírmelo, no puedo... cerré el puño sobre la almohada y mi respiración se aceleró, le echaba de menos... maldije la distancia, giré la cara y... solo vi la pared, tenía un espacio a mi lado y nadie lo ocupaba, no había nadie que me mirase a los ojos, nadie me despertara al día siguiente con un dulce beso de buenos días...
- "¡Acostúmbrate al vacío de una puta vez!" -grité dentro de mi cabeza.
Suspiré, miré el techo unos segundos, cerré los ojos y abracé el peluche, una mano acariciando la gorra y la mente en blanco hasta que caí rendida.
Otra noche más sin él.
Sitio para palabras escondidas y recuerdos aparentemente perdidos.
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28.10.13
26.10.13
Tardes de café.
- Sé que te gusto - le dijo con una sonrisa en la boca.
- Tengo novio y lo sabes, me caes bien y ya está, dejémoslo ahí.
Hellen desvió la mirada mordiéndose el labio. Suspiró y manteniendo la mirada en la nada empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa.
-Tú a mi también me gustas, no te pongas nerviosa por ello, no pasa nada. Yo sé que soy mejor que él - dijo poniendo esa sonrisa de autosuficiencia que ella tan bien conocía y sin saber por qué le encantaba.
- Eres un tonto - le respondió mientras le intentó dedicar una desafiante y seria mirada-. Me vuelves loca, pero no de amor, si no de tal modo que no puedo soportarte y en muchas ocasiones desearía cerrarte la boca y matarte a golpes. Enserio, eres insoportable.
Cogió la taza de café y se puso a mirar por la ventana. La verdad es que estaba bastante confundida, hacía días que intentaba aclarar sus sentimientos pero siempre terminaba con menos ideas claras que al principio.
Benn empezó a reirse mientras le decía eso, sin ocultar apenas que no la creía.
- Claro que querrías callarme, pero poniendo tus labios sobre los mios mientras te beso como nunca antes lo hizo nadie. Y sobre eso de matarme a golpes, no me va demasiado el sado... preferiría que me mataras a po...
Le puso la mano sobre la boca para no dejarle terminar la frase. No quería oirlo porque sabía que tenía razón. Benn le gustaba y le hacía sentir cosas que no debería, lo malo es que lo sabía, pero Dann no merecía eso.
- ¡Cállate! Para, para, para... no quiero volver a escucharte decir nada parecido. Sabes que es algo que no debe y no va a pasar.
Él le agarró la mano de una manera tan dulce que la hizo sonrojarse.
- Cariño, la verdad es que eres jodidamente masoca. Sabes que nos morimos el uno por el otro y yo no tengo nada que perder, sabes que te voy a decir lo que te mueres por escuchar. ¿Por qué sigues engañándote? Si no quisieras escuchar nada de lo que te digo, ¿por qué aceptas tomarte un café conmigo? No te digo que no me guste tu compañía pero voy a terminar explotando si no te llevo pronto a mi cama para hacerte sentir todo lo que no me dejas expresarte.
- Perdóname por no entenderme, de verdad, pero sabes que yo... - retiró su mano dejando atrás sus caricias, dejó la taza en la mesa y se fue despidiéndose con un beso en la comisura de los labios y lágrimas en los ojos.
Benn abrió su conversación del whatsapp y le mandó: "me vas a volver loco pero no vas a terminar con mi paciencia, esperaré siendo la piedra de tu camino que te hará caer hasta que te des cuenta de que soy yo quien merece la pena tener a tu lado."
- Tengo novio y lo sabes, me caes bien y ya está, dejémoslo ahí.
Hellen desvió la mirada mordiéndose el labio. Suspiró y manteniendo la mirada en la nada empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa.
-Tú a mi también me gustas, no te pongas nerviosa por ello, no pasa nada. Yo sé que soy mejor que él - dijo poniendo esa sonrisa de autosuficiencia que ella tan bien conocía y sin saber por qué le encantaba.
- Eres un tonto - le respondió mientras le intentó dedicar una desafiante y seria mirada-. Me vuelves loca, pero no de amor, si no de tal modo que no puedo soportarte y en muchas ocasiones desearía cerrarte la boca y matarte a golpes. Enserio, eres insoportable.
Cogió la taza de café y se puso a mirar por la ventana. La verdad es que estaba bastante confundida, hacía días que intentaba aclarar sus sentimientos pero siempre terminaba con menos ideas claras que al principio.
Benn empezó a reirse mientras le decía eso, sin ocultar apenas que no la creía.
- Claro que querrías callarme, pero poniendo tus labios sobre los mios mientras te beso como nunca antes lo hizo nadie. Y sobre eso de matarme a golpes, no me va demasiado el sado... preferiría que me mataras a po...
Le puso la mano sobre la boca para no dejarle terminar la frase. No quería oirlo porque sabía que tenía razón. Benn le gustaba y le hacía sentir cosas que no debería, lo malo es que lo sabía, pero Dann no merecía eso.
- ¡Cállate! Para, para, para... no quiero volver a escucharte decir nada parecido. Sabes que es algo que no debe y no va a pasar.
Él le agarró la mano de una manera tan dulce que la hizo sonrojarse.
- Cariño, la verdad es que eres jodidamente masoca. Sabes que nos morimos el uno por el otro y yo no tengo nada que perder, sabes que te voy a decir lo que te mueres por escuchar. ¿Por qué sigues engañándote? Si no quisieras escuchar nada de lo que te digo, ¿por qué aceptas tomarte un café conmigo? No te digo que no me guste tu compañía pero voy a terminar explotando si no te llevo pronto a mi cama para hacerte sentir todo lo que no me dejas expresarte.
- Perdóname por no entenderme, de verdad, pero sabes que yo... - retiró su mano dejando atrás sus caricias, dejó la taza en la mesa y se fue despidiéndose con un beso en la comisura de los labios y lágrimas en los ojos.
Benn abrió su conversación del whatsapp y le mandó: "me vas a volver loco pero no vas a terminar con mi paciencia, esperaré siendo la piedra de tu camino que te hará caer hasta que te des cuenta de que soy yo quien merece la pena tener a tu lado."
1.4.13
Desvanecido.
Ya van dos noches sin dormir y tus
lágrimas mojan mi almohada, yo no sé ni qué decir... pienso que
igual nos sobran las palabras porque sabemos qué nos pasa, no
podemos seguir así. Últimamente ya casi no discutimos y creíamos
que era algo bueno, una señal de que todo mejoraba, pero no es así,
es todo lo contrario. Las cosas no podrían ir peor.
Solo con mirarte puedo notarlo, y sé
que a ti te pasa lo mismo. Lo hemos perdido todo, ya no hay
compenetración, no hay risas, no hay caricias ni miradas, no nos
queda nada. ¿Cómo dejamos que pasara esto? ¿Cómo pudimos no
darnos cuenta? El amor se fue hace tiempo y solo nos queda la rutina,
pero ya hasta ésta se nos vuelve eterna y pesada. Somos
contradictorios y no paramos de quejarnos solo por el mero hecho de
llevarnos la contraria, ¿no nos queríamos a morir? Parece que no
todo lo que decimos puede ser eterno, por mucho que lo repitamos o
intentemos que sea real.
Hay veces que nos quedamos mirando y sé
que intentas decirme que esto no tiene sentido, que lo dejemos, y yo
pienso igual, pero no puedo. Me he acostumbrado a ti y aunque ya no
te quiera, te quise, no quiero perderte. Si te pierdo será como
perderme un poco a mi mismo pero no puedo decírtelo, por eso de ser
contradictorios y que igual sería el impulso para que te marcharas.
Lo que más me jode es que durmamos en
la misma cama y no me importe despertarme escuchando el sonido de tu
llanto, de tal manera que prefiera darme la vuelta y hacerme el
dormido a abrazarte y mentirte diciéndote que todo va a ir bien,
porque esto no va a mejorar, vaya que si lo sabemos. ¿Acaso nos
falta valor? ¿O quizá sí que sigamos queriéndonos aunque no nos
demos cuenta? No sé cuándo pasó, cuándo todo se desvaneció,
quizá fue en aquel último grito de placer hace 3 meses o esa
discusión que no llegamos a terminar por falta de fuerzas para
seguir luchando por esto, o quizá, solo quizá, fue con aquella rosa
que te regalé y dejaste en el jarrón olvidándote echarle agua.
Quizá la magia hizo que tras caer el último pétalo sin demostrar
amor verdadero el poco que nos quedaba de éste se desvaneciera por
completo.
1.2.13
Compañía en la parada.
¿Qué habrá sido de aquel abuelo de la parada de bus a las 12 de la mañana? Siempre llegaba feliz con su paso lento pero constante y me saludaba con una sonrisa como si me conociese de toda la vida. Me contaba chistes con una gracia innata, se notaba que de joven había sido de los graciosos de la pandilla, y cuando contaba alguno verde se echaba a reír porque esas cosas son de las que hay que contar bajito no sea que alguien se entere. Hacía bromas con todo y en los 10 minutos de espera te hacía sentir un poco menos solo, como si hubieses pasado años con compañía. Recuerdo de una vez que vino muy contento con un muñeco de papel entre las manos. "Mira, mira, ¿quieres ver algo gracioso? Coge de cada extremo y estira, verás, verás..." Era un muñeco semi-cerrado pero con todo el cuerpo, al estirar de la cabeza y los pies salía empinado un pene del centro. Al ver mi cara se echó a reír y me contagió la risa, la verdad es que no me lo esperaba para nada. O como cada vez que venía un autobús preguntaba "¿Es el tuyo? ¿El 18? El mio es un poco más viejo, yo me espero al 29, como mi edad."
Me contó cosas sobre él, sobre sus años mozos, y todo eso en un pequeño lapso de tiempo pero siempre le daba tiempo para alguna batallita. Me pregunto si hará lo mismo con todas las personas, si les contagiará en una espera en la parada aquella magia que desprendía. Quizá si vuelvo otro día a las 12 de la mañana me lo encuentre y me salude con otro chiste de esos que no deben contarse, de los verdes.
Me contó cosas sobre él, sobre sus años mozos, y todo eso en un pequeño lapso de tiempo pero siempre le daba tiempo para alguna batallita. Me pregunto si hará lo mismo con todas las personas, si les contagiará en una espera en la parada aquella magia que desprendía. Quizá si vuelvo otro día a las 12 de la mañana me lo encuentre y me salude con otro chiste de esos que no deben contarse, de los verdes.
30.1.13
Amargas despedidas.
Abrió los ojos pronto, porque despierta llevaba toda la noche. ¿Cómo se supone que puede alguien conciliar el sueño cuando al despertar perderá lo que más quiere?
Se frotó los ojos y se dirigió a darse una ducha rápida antes de ir a por el coche. Pasó del desayuno, total... tenía un enorme nudo en la garganta y solo le revolvería el estómago. Suspiro. Llamada.
- "Salgo ya para allá, ¿estás preparado?" - Cuanto más directo menos dolería, no podía llorar más y menos delante de él, no merecía que encima le hiciese sentir culpable por aquello.
- "Nunca podría estar preparado para esto, ¿acaso tú lo estás?" - La voz al otro lado del teléfono sonaba débil y apagada, nada que ver con meses atrás cuando eran tan felices que creían que nada podría pararlos.
Otro suspiro.
- "No tardo, ¿vale?". Subió al coche e hizo aquel viaje que tantas veces había hecho, pero esta vez sería la última... No quería pensar en ello así que puso la radio un poco para despejarse y todas las dichosas canciones eran de amor. "Vayas donde vayas yo te esperaré", cambio de cadena. "Y como deshacerme de ti si no te tengo, cómo alejarme de ti si estás tan lejos". La apagó y apretó el acelerador para llegar cuanto antes.
Ahí estaba él, sentado encima de la maleta con cara de no haber dormido, el pelo de punta mojado, un café y un monster en las manos. Tras haber guardado todo en el maletero se sentaron en un banco a tomar la cafeína necesaria para afrontar lo que se les venía, no hablaron pero se dijeron todo lo que necesitaban con la mirada.
- "Venga, no lleguemos tarde que si no..." - Se levantó, tiró las cosas a la papelera y cuando iba a abrir la puerta del coche para entrar, él la abrazó. Siempre sabía lo que necesitaba en cada momento, le iba a echar tanto de menos...
Llegaron al aeropuerto y pasaron el tiempo de espera abrazados diciéndose como podían todo lo que callaban, lo que sentían. Cuando sonó el aviso para su vuelo le acompañó hasta el límite de lo posible. Un beso. Un abrazo. Una mirada.
- "Espérame, ¿vale? En cuanto pueda iré... tú solo espérame."
Le observó alejarse hacia el embarque y el mundo se le vino encima. Se puso los cascos para salir finalmente de aquel estúpido aeropuerto que le acababa de arrebatar lo que más amaba y que a saber cuándo volvería a devolvérselo. Probó de nuevo con un poco de música para pensar en otra cosa pero el destino a veces es así de jodido y, otra vez, cuando menos quieres pensar en algo...
"Because days come and go but my feelings for you are forever", un nudo en la garganta y los ojos totalmente llorosos... Respiró profundamente y continuó andando hacia el coche.
"One last kiss, before I go... Dry your tears it is time to let you go" y las lágrimas cedieron completamente cayendo por sus mejillas sin poderlas parar. La gente la miraba pero... ¿acaso no saben que los aeropuertos suelen conllevar amargas despedidas? No todo es felicidad y viajes, también hay sentimientos y separaciones que duelen a rabiar.
Se frotó los ojos y se dirigió a darse una ducha rápida antes de ir a por el coche. Pasó del desayuno, total... tenía un enorme nudo en la garganta y solo le revolvería el estómago. Suspiro. Llamada.
- "Salgo ya para allá, ¿estás preparado?" - Cuanto más directo menos dolería, no podía llorar más y menos delante de él, no merecía que encima le hiciese sentir culpable por aquello.
- "Nunca podría estar preparado para esto, ¿acaso tú lo estás?" - La voz al otro lado del teléfono sonaba débil y apagada, nada que ver con meses atrás cuando eran tan felices que creían que nada podría pararlos.
Otro suspiro.
- "No tardo, ¿vale?". Subió al coche e hizo aquel viaje que tantas veces había hecho, pero esta vez sería la última... No quería pensar en ello así que puso la radio un poco para despejarse y todas las dichosas canciones eran de amor. "Vayas donde vayas yo te esperaré", cambio de cadena. "Y como deshacerme de ti si no te tengo, cómo alejarme de ti si estás tan lejos". La apagó y apretó el acelerador para llegar cuanto antes.
Ahí estaba él, sentado encima de la maleta con cara de no haber dormido, el pelo de punta mojado, un café y un monster en las manos. Tras haber guardado todo en el maletero se sentaron en un banco a tomar la cafeína necesaria para afrontar lo que se les venía, no hablaron pero se dijeron todo lo que necesitaban con la mirada.
- "Venga, no lleguemos tarde que si no..." - Se levantó, tiró las cosas a la papelera y cuando iba a abrir la puerta del coche para entrar, él la abrazó. Siempre sabía lo que necesitaba en cada momento, le iba a echar tanto de menos...
Llegaron al aeropuerto y pasaron el tiempo de espera abrazados diciéndose como podían todo lo que callaban, lo que sentían. Cuando sonó el aviso para su vuelo le acompañó hasta el límite de lo posible. Un beso. Un abrazo. Una mirada.
- "Espérame, ¿vale? En cuanto pueda iré... tú solo espérame."
Le observó alejarse hacia el embarque y el mundo se le vino encima. Se puso los cascos para salir finalmente de aquel estúpido aeropuerto que le acababa de arrebatar lo que más amaba y que a saber cuándo volvería a devolvérselo. Probó de nuevo con un poco de música para pensar en otra cosa pero el destino a veces es así de jodido y, otra vez, cuando menos quieres pensar en algo...
"Because days come and go but my feelings for you are forever", un nudo en la garganta y los ojos totalmente llorosos... Respiró profundamente y continuó andando hacia el coche.
"One last kiss, before I go... Dry your tears it is time to let you go" y las lágrimas cedieron completamente cayendo por sus mejillas sin poderlas parar. La gente la miraba pero... ¿acaso no saben que los aeropuertos suelen conllevar amargas despedidas? No todo es felicidad y viajes, también hay sentimientos y separaciones que duelen a rabiar.
Se acababa de ir y ya necesitaba uno de sus abrazos en los que le hacía sentir que jamás la soltaría, lástima que no pudiese ser cierto.
9.11.12
Un adiós disfrazado de hasta luego.
"Me voy", le dije. Y creyó que era mentira. Creyó que era una simple excusa para verle correr tras de mi, para que me dijera frases que no quería decir, para tenerle rendido a mis pies una vez más. Pero no era así, no era ninguna excusa. Pensó que me despediría con un beso que significaría un hasta pronto. Pero no fue así. Salí con la espalda recta, la mirada al frente y sin ninguna posibilidad de mirar atrás, mi magullado orgullo no me lo permitía. Me fui y no volví. No fue una excusa, no fue una llamada desesperada de necesidad oculta.
Borré las huellas de mi camino, cambié el lugar improvisado de mi destino. Pensó que ya me seguiría al día siguiente pero fue demasiado tarde. Cuando quiso empezar a seguir mi rastro ya no quedaba nada. Me lo imagino con esa sonrisa de suficiencia al empezar la búsqueda, poniéndose la chaqueta y sabiendo que estaré a la vuelta de la esquina esperando su abrazo para caer rendida. Pero esta vez no será así. Estaré demasiado lejos como para poder plantearme siquiera salir corriendo hasta donde sé que me buscará para hacer como si tan solo pasase por allí.
Me cansé de esos castillos hechos de aire, de falsas promesas y palabras que nunca llegan. Me cansé de tener que tragarme el orgullo aparte de tantas otras cosas y que él simplemente lo dejase salir todo, sin preocuparse de nada más. Yo, siempre yo. ¿Por qué tenía que seguir siempre esperando a que clavase tantas astillas si luego ni siquiera se iba a molestar en sacarlas con ternura y curarlas con caricias? No era lo que yo merecía. No es, ni mucho menos, lo que yo merezco.
Y ahora, mientras estoy sentada en un avión lleno de sueños y fantasías con la persona que tantas veces dio pie a mi huída, aun no me lo creo. Decidí soltar lo que creía que era el futuro certero, lo que imaginaba como un cuento de hadas y agarré la mano de la incertidumbre, del quien sabe qué vendrá mañana pero vámonos antes de que sea demasiado tarde. Londres. Ese frío y lluvioso Londres. Eso es lo que me espera a pesar de no tener un claro pensamiento. A pesar de haber hecho una locura impropia que aquellas palabras pronunciadas con un suave toque de desprecio desataron.
Y así, sin más, digo adiós a un pasado que tan presente tenía pero que había quedado atrás hace ya mucho, demasiado. A veces tardo tanto en darme cuenta de que no hay mañana que me quedo colgada del ayer durante muchos hoy.
Borré las huellas de mi camino, cambié el lugar improvisado de mi destino. Pensó que ya me seguiría al día siguiente pero fue demasiado tarde. Cuando quiso empezar a seguir mi rastro ya no quedaba nada. Me lo imagino con esa sonrisa de suficiencia al empezar la búsqueda, poniéndose la chaqueta y sabiendo que estaré a la vuelta de la esquina esperando su abrazo para caer rendida. Pero esta vez no será así. Estaré demasiado lejos como para poder plantearme siquiera salir corriendo hasta donde sé que me buscará para hacer como si tan solo pasase por allí.
Me cansé de esos castillos hechos de aire, de falsas promesas y palabras que nunca llegan. Me cansé de tener que tragarme el orgullo aparte de tantas otras cosas y que él simplemente lo dejase salir todo, sin preocuparse de nada más. Yo, siempre yo. ¿Por qué tenía que seguir siempre esperando a que clavase tantas astillas si luego ni siquiera se iba a molestar en sacarlas con ternura y curarlas con caricias? No era lo que yo merecía. No es, ni mucho menos, lo que yo merezco.
Y ahora, mientras estoy sentada en un avión lleno de sueños y fantasías con la persona que tantas veces dio pie a mi huída, aun no me lo creo. Decidí soltar lo que creía que era el futuro certero, lo que imaginaba como un cuento de hadas y agarré la mano de la incertidumbre, del quien sabe qué vendrá mañana pero vámonos antes de que sea demasiado tarde. Londres. Ese frío y lluvioso Londres. Eso es lo que me espera a pesar de no tener un claro pensamiento. A pesar de haber hecho una locura impropia que aquellas palabras pronunciadas con un suave toque de desprecio desataron.
Y así, sin más, digo adiós a un pasado que tan presente tenía pero que había quedado atrás hace ya mucho, demasiado. A veces tardo tanto en darme cuenta de que no hay mañana que me quedo colgada del ayer durante muchos hoy.
20.10.12
Cuando existe un vacío.
Se despertó, abrió los ojos y ahí estaba de nuevo, otra mañana en una habitación desconocida con toda la ropa perdida y un recuerdo borroso. Se levantó y se vistió, buscó una salida de aquella casa y escapó cual fugitiva de una cárcel. Estaba cansada de la misma rutina, de entregar cada noche su cuerpo a un don nadie con ansia de placer, ya no disfrutaba, ya no le hacía gracia.
Había creído nacer para eso, seducción, sexo y salida, las tres "s" de su vida, pero ahora creía necesitar algo más, sentía un vacío que no se llenaba con noches locas en diferentes casas, ella quería más. Pensaba que merecía ser querida.
Estaba cansada, agotada, no tenía ganas de nada y se quedó en casa. Pidió comida encargada para una noche típica de enamorada, películas empalagosas, pañuelos por los suelos y lágrimas, lágrimas que se derramaban por sus ojos como si de un manantial se tratara. Llamaron a la puerta y al abrir para recibir la comida... le vio. No le conocía de nada, jamás antes le había visto y tampoco tenía nada que llamase la atención a simple vista. Un chico normal con gorra y uniforme, cara de monotonía y ojos azul melancolía...
No sabía qué le sucedía pero sentía que tenía que estar con él, que no sería una noche como las anteriores, que él no solo querría su cuerpo y... le invitó a pasar.
Él acababa de terminar su turno, con ella acababa la noche y accedió por no perderse con el coche otra noche sin rumbo ni dirección. Dijeron adiós a la tele y dialogaron como la plebe, pasaron horas conociéndose sin darse cuenta de que se hacía tarde. Conectaron. Les bastaba con miradas para decirse sin palabras que uno al otro se buscaban, se acercaron y juntaron, se abrazaron y besaron pero de ahí no pasaron. Acurrucados en el sofá, tapados por una manta se quedaron dormidos mientras amanecía. Una noche de caricias, besos, abrazos, miradas, sonrisas, cariño y palabras compartidas, solo eso ya que no necesitaban más.
A partir de aquí te toca imaginar, discusiones, reconciliaciones, revolcones, declaraciones y verdaderas pasiones. Dos historias incompletas unidas, dos amantes de la noche, dos almas errantes juntadas... historias de amor imposible, inexistente.
Había creído nacer para eso, seducción, sexo y salida, las tres "s" de su vida, pero ahora creía necesitar algo más, sentía un vacío que no se llenaba con noches locas en diferentes casas, ella quería más. Pensaba que merecía ser querida.
Estaba cansada, agotada, no tenía ganas de nada y se quedó en casa. Pidió comida encargada para una noche típica de enamorada, películas empalagosas, pañuelos por los suelos y lágrimas, lágrimas que se derramaban por sus ojos como si de un manantial se tratara. Llamaron a la puerta y al abrir para recibir la comida... le vio. No le conocía de nada, jamás antes le había visto y tampoco tenía nada que llamase la atención a simple vista. Un chico normal con gorra y uniforme, cara de monotonía y ojos azul melancolía...
No sabía qué le sucedía pero sentía que tenía que estar con él, que no sería una noche como las anteriores, que él no solo querría su cuerpo y... le invitó a pasar.
Él acababa de terminar su turno, con ella acababa la noche y accedió por no perderse con el coche otra noche sin rumbo ni dirección. Dijeron adiós a la tele y dialogaron como la plebe, pasaron horas conociéndose sin darse cuenta de que se hacía tarde. Conectaron. Les bastaba con miradas para decirse sin palabras que uno al otro se buscaban, se acercaron y juntaron, se abrazaron y besaron pero de ahí no pasaron. Acurrucados en el sofá, tapados por una manta se quedaron dormidos mientras amanecía. Una noche de caricias, besos, abrazos, miradas, sonrisas, cariño y palabras compartidas, solo eso ya que no necesitaban más.
A partir de aquí te toca imaginar, discusiones, reconciliaciones, revolcones, declaraciones y verdaderas pasiones. Dos historias incompletas unidas, dos amantes de la noche, dos almas errantes juntadas... historias de amor imposible, inexistente.
10.4.12
El dentista.
Mientras estaba en la sala de espera escuchaba el chirrido de los aparatos en la otra sala y eso la estaba poniendo tensa. Intentó relajarse con una revista, leyó cosas sin interés, miró ropa y modelos increíbles con sonrisa perfectas, así terminaría siendo la suya. Escuchó pasos acercándose a la habitación donde ella se encontraba y su respiración se entrecortó. El efecto del analgésico estaba pasando y comenzaba a sentir un débil dolor en la boca. Sus muelas volvían a estar haciendo de las suyas, sabía que pronto ese dolor incrementaría y a Beliccia no le gustaba nada. Se llevó una mano al pómulo con cuidado de no apretar demasiado porque ya sabía que eso no era nada bueno. Abrieron la puerta y dijeron su nombre en voz alta, el momento había llegado. Respiró hondo y acompañó a la enfermera, la cual le indicó que tomase asiento y que dentro de nada vendría el médico.
No pasó ni un minuto y allí estaba un hombre de unos cuarenta años, con cierto aspecto envejecido, que comenzó a ponerse unos guantes de goma y al ver su cara de espanto le sonrió y dijo:
- No hay nada de lo que temer, Beliccia, seré dulce y casi ni lo notarás, verás como luego va todo mejor. Vamos a deshacernos de esas pequeñas renacuajas.
Acto seguido entró la anestesista con una aguja del tamaño de un camión y ésto casi hizo que saliera corriendo. El dentista le dio la mano para tranquilizarla y la chica apretó para liberar parte de la tensión que estaba acumulando. Después del pinchazo le pusieron un aparato para que mantuviera abierta la boca permanentemente y uno de esos tubos para que no se atragantase con su propia saliva. Beliccia parpadeó un par de veces, cerró los ojos unos segundos y al volver a abrirlos vio a su dentista con las manos impregnadas en sangre, su sangre, algo que no la tranquilizó precisamente.
Vio cómo le daban una serie de instrumentos que no le inspiraban excesiva confianza, parecía que fueran a taladrar en su interior, a hacer un agujero y vaciarla. Notó varias punzadas por la zona de las muelas y un par de lágrimas se acumularon en sus ojos. Le estaban haciendo daño y se suponía que no debía sentirlo, quiso gritar pero con todo lo que tenía en la boca le era imposible. Seguro que se le había pasado el efecto de la anestesia y no se habían dado cuenta. Cuando fue a moverse notó que tenía pies y manos enganchados, la habían atado y notaba como si se estuviera desangrando. Cada vez que miraba los guantes del dentista la cantidad de sangre acumulada en ellos iba en aumento. Vio miedo reflejado en los ojos de los de allí presentes y vio que movían los labios pero ni escuchó ni entendió lo que decían. De pronto apartaron varios de los aparatos que tenían y empezó a llegar más gente. La tumbaron y sintió que se ahogaba.
Dio un bote y dejó de escuchar ruido alguno.
- ¿Estás bien, Beliccia? -dijo el dentista con voz preocupada.
Ésta abrió los ojos y observó asustada a su alrededor pero nada de lo que había visto instantes antes parecía haber pasado allí. Había sido tan real...
Asintió con la cabeza, respiró lo hondo que pudo y vio que la expresión del doctor se relajaba. No entendía qué podía haber pasado, creía que algo había salido mal y había estado a punto de morir pero seguramente había sido una mala jugada de su mente.
-Ya estamos terminando, señorita, salió todo perfecto pero ya sabe que esta noche ha de pasarla aquí. Más tarde, cuando la lleven a su cuarto le llevarán hielo. Ya sabe, intente mantenerlo lo máximo que pueda, es por su bien y para que no se le hinche apenas.
Beliccia le alcanzó la mano y quiso preguntarle qué había pasado, pero obviamente no pudo decir ni una palabra. Él sonrió y dijo:
- Seguramente si has tenido un sueño haya sido causado por la anestesia, ¿tan real ha sido? Menos mal que despertaste hacia el final, no me quiero imaginar habiéndote clavado algo en el paladar- rió y en cierto modo esa respuesta la tranquilizó.
Le dieron un espejo y aunque tenía la boca cerrada la dichosa anestesia le hacía sentir que no estaba cerrada del todo y ponía extrañas muecas. Ya había pasado todo, ahora solo quedaba un par de semanas comiendo poco y listo. Adiós dolor y, lo que era mejor, adiós ciertos quilos demás. Si comía menos eso debía notarse en algo, ¿no?
Diez minutos más tarde estaba en la habitación con un guante lleno de hielo puesto a cada lado de la cama y su madre mirándola desde el sillón cercano a su cama con una sonrisa.
- Si llego a saber que ibas a estar tan graciosa habría traído la cámara. - dijo con excesivo pitorreo.
Todo había sido una mala pasada y en unos meses... apenas lo recordaría.
No pasó ni un minuto y allí estaba un hombre de unos cuarenta años, con cierto aspecto envejecido, que comenzó a ponerse unos guantes de goma y al ver su cara de espanto le sonrió y dijo:
- No hay nada de lo que temer, Beliccia, seré dulce y casi ni lo notarás, verás como luego va todo mejor. Vamos a deshacernos de esas pequeñas renacuajas.
Acto seguido entró la anestesista con una aguja del tamaño de un camión y ésto casi hizo que saliera corriendo. El dentista le dio la mano para tranquilizarla y la chica apretó para liberar parte de la tensión que estaba acumulando. Después del pinchazo le pusieron un aparato para que mantuviera abierta la boca permanentemente y uno de esos tubos para que no se atragantase con su propia saliva. Beliccia parpadeó un par de veces, cerró los ojos unos segundos y al volver a abrirlos vio a su dentista con las manos impregnadas en sangre, su sangre, algo que no la tranquilizó precisamente.
Vio cómo le daban una serie de instrumentos que no le inspiraban excesiva confianza, parecía que fueran a taladrar en su interior, a hacer un agujero y vaciarla. Notó varias punzadas por la zona de las muelas y un par de lágrimas se acumularon en sus ojos. Le estaban haciendo daño y se suponía que no debía sentirlo, quiso gritar pero con todo lo que tenía en la boca le era imposible. Seguro que se le había pasado el efecto de la anestesia y no se habían dado cuenta. Cuando fue a moverse notó que tenía pies y manos enganchados, la habían atado y notaba como si se estuviera desangrando. Cada vez que miraba los guantes del dentista la cantidad de sangre acumulada en ellos iba en aumento. Vio miedo reflejado en los ojos de los de allí presentes y vio que movían los labios pero ni escuchó ni entendió lo que decían. De pronto apartaron varios de los aparatos que tenían y empezó a llegar más gente. La tumbaron y sintió que se ahogaba.
Dio un bote y dejó de escuchar ruido alguno.
- ¿Estás bien, Beliccia? -dijo el dentista con voz preocupada.
Ésta abrió los ojos y observó asustada a su alrededor pero nada de lo que había visto instantes antes parecía haber pasado allí. Había sido tan real...
Asintió con la cabeza, respiró lo hondo que pudo y vio que la expresión del doctor se relajaba. No entendía qué podía haber pasado, creía que algo había salido mal y había estado a punto de morir pero seguramente había sido una mala jugada de su mente.
-Ya estamos terminando, señorita, salió todo perfecto pero ya sabe que esta noche ha de pasarla aquí. Más tarde, cuando la lleven a su cuarto le llevarán hielo. Ya sabe, intente mantenerlo lo máximo que pueda, es por su bien y para que no se le hinche apenas.
Beliccia le alcanzó la mano y quiso preguntarle qué había pasado, pero obviamente no pudo decir ni una palabra. Él sonrió y dijo:
- Seguramente si has tenido un sueño haya sido causado por la anestesia, ¿tan real ha sido? Menos mal que despertaste hacia el final, no me quiero imaginar habiéndote clavado algo en el paladar- rió y en cierto modo esa respuesta la tranquilizó.
Le dieron un espejo y aunque tenía la boca cerrada la dichosa anestesia le hacía sentir que no estaba cerrada del todo y ponía extrañas muecas. Ya había pasado todo, ahora solo quedaba un par de semanas comiendo poco y listo. Adiós dolor y, lo que era mejor, adiós ciertos quilos demás. Si comía menos eso debía notarse en algo, ¿no?
Diez minutos más tarde estaba en la habitación con un guante lleno de hielo puesto a cada lado de la cama y su madre mirándola desde el sillón cercano a su cama con una sonrisa.
- Si llego a saber que ibas a estar tan graciosa habría traído la cámara. - dijo con excesivo pitorreo.
Todo había sido una mala pasada y en unos meses... apenas lo recordaría.
6.4.12
Una oportunidad.
Las palabras subían por su garganta y se agolpaban a las puertas de su boca, sus labios querían moverse, sus cuerdas vocales querían emitir los sonidos necesarios, pero... no podía. Inspiró hondo, cerró los ojos y giró la cabeza mientras de su boca solo salían vacíos suspiros, solo aire pero no palabras. El corazón le latía cada vez más fuerte y tenía un nudo en el estómago. Giró de nuevo la cabeza y ahí estaban de nuevo esos ojos profundos y verdes esperando una respuesta, pero ella no era capaz de dársela.
No debía de haber repetido cientos de veces esas frases en su cabeza, lo sabía y aun así lo había hecho, sabía que si gastaba las palabras luego, a la hora de necesitarlas, habrían desaparecido y a pesar de todo las había machacado y dado una cruel paliza antes de llegar allí. Quizá no era solo que las palabras se hubieran quedado vacías, quizá también tenían culpa los miedos que se estaban haciendo dueños de su cuerpo entero y no le dejaban actuar.
- ¿Por qué no eres capaz de decirme lo que sientes? ¿Por qué te cuesta tanto? Después de todo lo que pasamos... no esperaba esa reacción, ¿por qué lo hiciste? No lo entendí y no lo entiendo. Luego me llamaste y aquí estoy, aquí estamos y no eres capaz de abrir la boca ni de mirarme a los ojos. ¿Acaso te hice daño? - suspiró y se llevó las manos a la cabeza, la miró de nuevo y dijo- No, claro que no, ¿qué daño pueden hacer unas putas palabras de amor? Solo te dije que te quería, no te dije que no te necesitaba, que me había tirado a otra o que pensaba utilizarte para no volver a llamarte nunca. Solo te dije que te quiero porque eso es lo que siento y solo quiero intentar hacerte feliz, ¿tan malo es eso?
Acercó su mano al mentón de ella y con un dulce movimiento la hizo mirarle a los ojos para ver que éstos se estaban llenando de lágrimas y no supo qué pensar. ¿Era bueno o malo? ¿Significaba que no quería que él la hiciera feliz? ¿Acaso había otra persona a la que ella quería y por eso no podía contestarle a él?
- Yo... yo... - las lágrimas derramaron por sus mejillas antes de que pudiera recomponer los hilos de esas frases inconexas que vagaban por su mente y escondió la cabeza en el pecho de él y le rodeó con los brazos con la esperanza de sentir que sus miedos desaparecían y se creaba un escudo a su alrededor...
Cuando él le rodeó la cintura con sus brazos y volvió a susurrarle un dulce "te quiero" al oído que la hizo estremecerse, las ganas de salir corriendo se esfumaron para dar paso a un río de lágrimas.
- No es que tú hicieras nada malo, ¿sabes?. Al contrario y eso es lo que me asusta. Nunca me había pasado nada así, me hiciste sentir totalmente frágil y eso me dio miedo, mucho miedo y lo único en lo que pensé fue que necesitaba salir de ahí. Otras veces me dijeron palabras bonitas para más tarde desaparecer sin decir nada y dejarme vacía. No quiero volver a pasar por nada de eso, ¿vale? Me niego y... no sabes lo muchísimo que me costó haberte llamado, estar aquí y decirte esto y...
Un dedo se puso sobre sus labios haciéndola callar y secó sus lágrimas. Ella alzó la cabeza hacia él y con esa mirada todo su mundo se desvaneció. Quien sabe cómo podría terminar aquello, quien sabe si luego no se destrozaría todo, supongo que en algunas ocasiones solo hay que olvidarse y dejarse llevar.
No debía de haber repetido cientos de veces esas frases en su cabeza, lo sabía y aun así lo había hecho, sabía que si gastaba las palabras luego, a la hora de necesitarlas, habrían desaparecido y a pesar de todo las había machacado y dado una cruel paliza antes de llegar allí. Quizá no era solo que las palabras se hubieran quedado vacías, quizá también tenían culpa los miedos que se estaban haciendo dueños de su cuerpo entero y no le dejaban actuar.
- ¿Por qué no eres capaz de decirme lo que sientes? ¿Por qué te cuesta tanto? Después de todo lo que pasamos... no esperaba esa reacción, ¿por qué lo hiciste? No lo entendí y no lo entiendo. Luego me llamaste y aquí estoy, aquí estamos y no eres capaz de abrir la boca ni de mirarme a los ojos. ¿Acaso te hice daño? - suspiró y se llevó las manos a la cabeza, la miró de nuevo y dijo- No, claro que no, ¿qué daño pueden hacer unas putas palabras de amor? Solo te dije que te quería, no te dije que no te necesitaba, que me había tirado a otra o que pensaba utilizarte para no volver a llamarte nunca. Solo te dije que te quiero porque eso es lo que siento y solo quiero intentar hacerte feliz, ¿tan malo es eso?
Acercó su mano al mentón de ella y con un dulce movimiento la hizo mirarle a los ojos para ver que éstos se estaban llenando de lágrimas y no supo qué pensar. ¿Era bueno o malo? ¿Significaba que no quería que él la hiciera feliz? ¿Acaso había otra persona a la que ella quería y por eso no podía contestarle a él?
- Yo... yo... - las lágrimas derramaron por sus mejillas antes de que pudiera recomponer los hilos de esas frases inconexas que vagaban por su mente y escondió la cabeza en el pecho de él y le rodeó con los brazos con la esperanza de sentir que sus miedos desaparecían y se creaba un escudo a su alrededor...
Cuando él le rodeó la cintura con sus brazos y volvió a susurrarle un dulce "te quiero" al oído que la hizo estremecerse, las ganas de salir corriendo se esfumaron para dar paso a un río de lágrimas.
- No es que tú hicieras nada malo, ¿sabes?. Al contrario y eso es lo que me asusta. Nunca me había pasado nada así, me hiciste sentir totalmente frágil y eso me dio miedo, mucho miedo y lo único en lo que pensé fue que necesitaba salir de ahí. Otras veces me dijeron palabras bonitas para más tarde desaparecer sin decir nada y dejarme vacía. No quiero volver a pasar por nada de eso, ¿vale? Me niego y... no sabes lo muchísimo que me costó haberte llamado, estar aquí y decirte esto y...
Un dedo se puso sobre sus labios haciéndola callar y secó sus lágrimas. Ella alzó la cabeza hacia él y con esa mirada todo su mundo se desvaneció. Quien sabe cómo podría terminar aquello, quien sabe si luego no se destrozaría todo, supongo que en algunas ocasiones solo hay que olvidarse y dejarse llevar.
23.3.12
-Sin título-
Escuchó la puerta y más tarde uno de los pocos sonidos que lograban sacarle realmente de quicio rompió el silencio que reinaba en la casa después de que todos se hubieran ido. Todos excepto alguien que llevaba demasiado tiempo destrozando la tranquilidad que había disfrutado tiempo atrás junto a la perfecta soledad que le acompañaba, pero ya no aguantaba más. Suspiró, cerró el portátil y se levantó de la silla para dirigirse hacia la estantería dónde estaba su más adorada y preciada reliquia. La cogió con suma delicadeza y la miró con un brillo de malicia en la mirada. Abrió la puerta con ella en la mano y cruzó el pasillo con calma hasta llegar al final de éste, donde estaba la puerta que ella buscaba. Al otro lado se escuchaba una voz irritante que lograba alterarla realmente, hablaba como si fuese la única allí, como si no fuera a molestar a nadie, pero ese día no iba a salirse con la suya, ya no. Su paciencia ya había sobrepasado límites que ni siquiera ella creía que tenía y ese día tan solo decidió seguir sus instintos. Puso la mano derecha sobre el pomo de la puerta y lo giró lentamente, escuchando el chirrido que éste causaba al moverse y que aun así era menos molesto que su estúpido timbre de voz. Entró en el cuarto con una expresión seria y la vio sentada en una silla con un gran respaldo y ruedas, con dos pantallas más grandes que sus caderas, algo que ya era bastante grande de por sí, y con el pelo semirizado y encrespado recogido con un lápiz en un deshecho moño. Al darse cuenta de su presencia giró la cara y frunció el entrecejo.
- ¿Qué quieres, niñata? -dijo con una expresión de asco en la cara.
- Solo busco un poco de silencio y dado que tú eres el mayor estruendo que suena por estos alrededores supongo que vengo a hablar para exigirte que dejes de hacer ese molesto sonido que sale de tu boca al cual tú llamas voz. ¿Crees que será posible que cierres esa estúpida bocaza tuya? - contestó la muchacha con una media sonrisa dibujada en su cara y un tono de voz suave y bajo, si hubiese sido un poco más leve se habría calificado de susurro.
- ¡Já! ¡Tú no eres quien para darme órdenes, no eres mi madre! - replicó a voz en grito mientras se levantaba para ponerse de pie delante de ella frunciendo el entrecejo más aun si es que era posible.
- Lástima que esa respuesta sea errónea, no es lo que estaba buscando, así que tendré que lograrlo por mi misma.- acto seguido colocó su mano derecha sobre el pomo de la katana que sujetaba con la zurda y al mismo tiempo que desenvainaba el filo de ésta sesgó las cuerdas vocales de la chica que estaba delante de ella, cuya expresión ahora era de espanto. Parecía que los ojos iban a salírsele de las cuencas.
Aquel corte limpio había salpicado sangre por toda la habitación, la chica se llevó las manos al cuello que no paraba de sangrar y calló al suelo sobre el charco que acababa de crear su herida.
- Al fin volverá a reinar el silencio en esta casa, realmente lo echaba de menos, gracias por permitirme disfrutar de tal tranquilidad, encanto. - Dicho esto la muchacha se dio media vuelta y volvió a su cuarto cerrando ambas puertas tras de sí. Limpió la katana, la dejó sobre el estante y se sentó de nuevo delante del ordenador sin escuchar nada más allá de su respiración.
- ¿Qué quieres, niñata? -dijo con una expresión de asco en la cara.
- Solo busco un poco de silencio y dado que tú eres el mayor estruendo que suena por estos alrededores supongo que vengo a hablar para exigirte que dejes de hacer ese molesto sonido que sale de tu boca al cual tú llamas voz. ¿Crees que será posible que cierres esa estúpida bocaza tuya? - contestó la muchacha con una media sonrisa dibujada en su cara y un tono de voz suave y bajo, si hubiese sido un poco más leve se habría calificado de susurro.
- ¡Já! ¡Tú no eres quien para darme órdenes, no eres mi madre! - replicó a voz en grito mientras se levantaba para ponerse de pie delante de ella frunciendo el entrecejo más aun si es que era posible.
- Lástima que esa respuesta sea errónea, no es lo que estaba buscando, así que tendré que lograrlo por mi misma.- acto seguido colocó su mano derecha sobre el pomo de la katana que sujetaba con la zurda y al mismo tiempo que desenvainaba el filo de ésta sesgó las cuerdas vocales de la chica que estaba delante de ella, cuya expresión ahora era de espanto. Parecía que los ojos iban a salírsele de las cuencas.
Aquel corte limpio había salpicado sangre por toda la habitación, la chica se llevó las manos al cuello que no paraba de sangrar y calló al suelo sobre el charco que acababa de crear su herida.
- Al fin volverá a reinar el silencio en esta casa, realmente lo echaba de menos, gracias por permitirme disfrutar de tal tranquilidad, encanto. - Dicho esto la muchacha se dio media vuelta y volvió a su cuarto cerrando ambas puertas tras de sí. Limpió la katana, la dejó sobre el estante y se sentó de nuevo delante del ordenador sin escuchar nada más allá de su respiración.
17.6.11
Encuentro casual.
Hotaru estaba tumbada en el césped, disfrutando de su descanso bajo la sombra de un sauce llorón enorme, su árbol favorito. Tenía al lado la bicicleta, había recorrido un largo trecho en ella y estaba algo cansada, necesitaba descargar adrenalina y había decidido a dar una vuelta. Había ido cogiendo más y más velocidad y al final había acabado muerta, pero bastante satisfecha. Hacía días que no lograba dejar su mente en blanco, ni siquiera con el baile, siempre acababa pensando en lo mismo, se agobiaba y bloqueaba, todo por ese estúpido sentimiento que no lograba sacarse de encima, esa persona que no lograba sacarse de la cabeza. Cerró los ojos, se estiró y suspiró.
De pronto noto esa sensación de que alguien la observaba, como que tenía a alguien sobre ella. Frunció el ceño y abrió un ojo para cerciorarse de que no había nadie allí y de pronto vio la cara de Peter a escasos centímetros de ella, se asustó y su primera reacción fue levantarse, por lo que se dieron un cabezazo.
¡Baka! -gritó Hotaru ya sentada frotándose la frente en el lugar donde se había chocado con Peter - ¿Te parece normal observar a la gente de esa manera? ¡Vaya susto me has dado! Eres de lo que no hay... ¿qué estás haciendo aquí?
Menudo genio tienes Hot, a mi también me has hecho daño ¿eh? -soltó llevándose una mano a la cabeza y frotando también su futuro chichón.- De todos modos... ¡gomennasai! -gritó mientras se inclinaba a modo de disculpa.
Bueno, no pasa nada, al menos se nota que me escuchas cuando te enseño cosas. -dijo dedicándole una dulce sonrisa.
Claro que sí, Hot, ¿cómo no voy a hacer caso yo a mi maestra favorita? -le respondió con voz juguetona guiñándole un ojo y luego se echó a reír.
Te he dicho mil veces que no me gusta que me llames así, suena demasiado pervertido... -suspiró moviendo la cabeza de un lado para otro- Aunque sé que jamás vas a hacerme caso, eres un caso perdido.
¡Eh! ¿Qué quieres decir con eso? -le dijo poniéndose de cuclillas y mirándole con los ojos entrecerrados y una expresión __ se dibujó en su cara.
Bueno, no es algo malo, yo no... -balbuceó Hotaru intentando justificarse- No quería decir que fuese malo, no te lo tomes a mal, es solo que eres un poco... jo, no sé cómo decirte Peter, es que a veces tienes unas cosas...
Se puso nerviosa y miro hacia otro lado mordiéndose el labio inferior, no quería que se lo tomase a mal, ¿cómo iba a tener algo en contra de él si...?
De pronto él estalló a reír, siempre hacía lo mismo, ¿cómo podía no habérselo esperado?
Deberías haberte visto la cara, Hot, qué fácil es engañarte, ¿eh? ¡Tú sí que eres única! -dijo entre carcajadas.
Calla, imbécil, no juegues conmigo. -y tras decir esto le empujó con un dedo en la frente e hizo que éste se callera hacia atrás no sin antes engancharle de la mano y hacer que ella callese sobre él. Sus caras quedaron a centímetros, se miraron a los ojos unos instantes, instantes en los cuales el corazón de Hotaru latió desvocado, sintió que estaba apunto de salírsele del pecho y que necesitaba salir de allí. Peter la miraba alternando entre sus ojos y sus labios, cosa que hacía que se alterase más y cuando notó que iba a lanzarse se levantó, cogió la bici, la levantó y se subió a ella.
Lo siento, yo... tengo muchas cosas que hacer, nos vemos otro día, ¿vale? ¡Hasta otra! -y pedaleó con todas sus fuerzas para alejarse cuanto antes de aquella situación que podía con ella, que la superaba, que la dominaba. Jamás se había sentido tan débil y menos ante un sentimiento, se sentía como una figura de cristal y no le gustaba, no le gustaba para nada esa sensación. Su corazón seguía latiendo rápidamente y más con el esfuerzo físico que estaba realizando y de pronto unas cuantas lágrimas brotaron de sus ojos, las secó con una mano, respiró hondo y siguió pedaleando hasta casa. No dejaría que lo que fuese que estaba sintiendo la dominase, no había luchado tanto para terminar sintiéndose tan frágil. No podía permitirse dejar sus sentimientos en manos de otra persona.
Mientras tanto Peter se quedó allí tumbado, con cara de no entender nada, pensando qué podría haber hecho mal.
Creía que le gustaba, quizá me equivoqué y solo es amistad lo que quiere... ¿cómo he podido ser tan estúpido? No debería haber hecho nada, seguro que se dio cuenta de que iba a lanzarme... ¡mierda! Espero que esto no cambie nada.- pensó para sus adentros mientras suspiraba y se echaba las manos a la cabeza. - Espero que no cambie nada.
De pronto noto esa sensación de que alguien la observaba, como que tenía a alguien sobre ella. Frunció el ceño y abrió un ojo para cerciorarse de que no había nadie allí y de pronto vio la cara de Peter a escasos centímetros de ella, se asustó y su primera reacción fue levantarse, por lo que se dieron un cabezazo.
¡Baka! -gritó Hotaru ya sentada frotándose la frente en el lugar donde se había chocado con Peter - ¿Te parece normal observar a la gente de esa manera? ¡Vaya susto me has dado! Eres de lo que no hay... ¿qué estás haciendo aquí?
Menudo genio tienes Hot, a mi también me has hecho daño ¿eh? -soltó llevándose una mano a la cabeza y frotando también su futuro chichón.- De todos modos... ¡gomennasai! -gritó mientras se inclinaba a modo de disculpa.
Bueno, no pasa nada, al menos se nota que me escuchas cuando te enseño cosas. -dijo dedicándole una dulce sonrisa.
Claro que sí, Hot, ¿cómo no voy a hacer caso yo a mi maestra favorita? -le respondió con voz juguetona guiñándole un ojo y luego se echó a reír.
Te he dicho mil veces que no me gusta que me llames así, suena demasiado pervertido... -suspiró moviendo la cabeza de un lado para otro- Aunque sé que jamás vas a hacerme caso, eres un caso perdido.
¡Eh! ¿Qué quieres decir con eso? -le dijo poniéndose de cuclillas y mirándole con los ojos entrecerrados y una expresión __ se dibujó en su cara.
Bueno, no es algo malo, yo no... -balbuceó Hotaru intentando justificarse- No quería decir que fuese malo, no te lo tomes a mal, es solo que eres un poco... jo, no sé cómo decirte Peter, es que a veces tienes unas cosas...
Se puso nerviosa y miro hacia otro lado mordiéndose el labio inferior, no quería que se lo tomase a mal, ¿cómo iba a tener algo en contra de él si...?
De pronto él estalló a reír, siempre hacía lo mismo, ¿cómo podía no habérselo esperado?
Deberías haberte visto la cara, Hot, qué fácil es engañarte, ¿eh? ¡Tú sí que eres única! -dijo entre carcajadas.
Calla, imbécil, no juegues conmigo. -y tras decir esto le empujó con un dedo en la frente e hizo que éste se callera hacia atrás no sin antes engancharle de la mano y hacer que ella callese sobre él. Sus caras quedaron a centímetros, se miraron a los ojos unos instantes, instantes en los cuales el corazón de Hotaru latió desvocado, sintió que estaba apunto de salírsele del pecho y que necesitaba salir de allí. Peter la miraba alternando entre sus ojos y sus labios, cosa que hacía que se alterase más y cuando notó que iba a lanzarse se levantó, cogió la bici, la levantó y se subió a ella.
Lo siento, yo... tengo muchas cosas que hacer, nos vemos otro día, ¿vale? ¡Hasta otra! -y pedaleó con todas sus fuerzas para alejarse cuanto antes de aquella situación que podía con ella, que la superaba, que la dominaba. Jamás se había sentido tan débil y menos ante un sentimiento, se sentía como una figura de cristal y no le gustaba, no le gustaba para nada esa sensación. Su corazón seguía latiendo rápidamente y más con el esfuerzo físico que estaba realizando y de pronto unas cuantas lágrimas brotaron de sus ojos, las secó con una mano, respiró hondo y siguió pedaleando hasta casa. No dejaría que lo que fuese que estaba sintiendo la dominase, no había luchado tanto para terminar sintiéndose tan frágil. No podía permitirse dejar sus sentimientos en manos de otra persona.
Mientras tanto Peter se quedó allí tumbado, con cara de no entender nada, pensando qué podría haber hecho mal.
Creía que le gustaba, quizá me equivoqué y solo es amistad lo que quiere... ¿cómo he podido ser tan estúpido? No debería haber hecho nada, seguro que se dio cuenta de que iba a lanzarme... ¡mierda! Espero que esto no cambie nada.- pensó para sus adentros mientras suspiraba y se echaba las manos a la cabeza. - Espero que no cambie nada.
*La palabra baka (馬鹿) es una palabra japonesa que quiere decir tonto, idiota o lelo dependiendo del contexto.
14.6.11
Cita sorpresa.
Llegué a las 21 horas y 30 minutos, totalmente puntual, justo a la hora a la que habíamos quedado, al menos eso ponía en el post-it que había pegado en el espejo de la entrada, justo al lado de un corazón dibujado con pintalabios. Me encontraba en la puerta del restaurante que ponía en la tarjeta y llevaba puesto el vestido negro que él me había dejado extendido sobre la cama para que no se arrugase, era precioso. Había pensado en todo, también me había preparado el rizador, la laca y las pinturas con el maquillaje enfrente del espejo, sabía lo mucho que me gustaba resaltar mis ojos y lo tiquismiquis que era con mi pelo. Justo a los pies de la cama estaban mis zapatos de tacón favoritos. También me había dejado una cajita con un lazo, recuerdo que cuando llegué y la vi me senté de rodillas encima de la cama y con cuidado y nerviosismo abrí el lazo para descubrir unos pendientes a juego con un collar y una pulsera, un magnífico conjunto. Me tumbé sobre la cama, sonriendo por el bonito detalle, había tenido un día agotador en el trabajo y lo último que esperaba encontrarme era aquello. Pensé en cómo habría supuesto que llegaría antes y en lo bien que me conocía para haberlo preparado todo con tanta perfección. Respiré profundamente y con una sonrisa corrí a prepararme.
Era un lugar encantador, estaba observándolo maravillada cuando de pronto alguien me tapó los ojos y me susurró al oído "bienvenida, princesa, estás preciosa esta noche, te sienta de maravilla ese vestido". Me giré con una sonrisa y allí estaba él, en un elegantísimo traje chaqueta con un ramo de rosas negras, azules y rojas, estaba increíblemente guapo. Le miré a los ojos y tal y cómo él esperaba me lancé a sus brazos para besarle y transmitirle todo lo que sentía en aquel momento. Me abrazó y posé mi cabeza sobre su hombro, respiré y me llegó un olor super dulce -ese perfume suyo que tan loca me volvía-, me mordí el labio y le susurré:
Gracias, mi vida, siempre logras hacerme sentir como en un sueño. No sé cómo te las arreglas para hacer que todo sea tan sumamente perfecto.- Levanté mi cabeza y le miré a los ojos, tenían un brillo especial bajo la luz tenue que salía del restaurante.
¿Entramos? - me dijo ofreciéndome su brazo para que me agarrase y nos dirigimos hacia el interior para pasar una de las veladas más mágicas que recuerdo.
Era un lugar encantador, estaba observándolo maravillada cuando de pronto alguien me tapó los ojos y me susurró al oído "bienvenida, princesa, estás preciosa esta noche, te sienta de maravilla ese vestido". Me giré con una sonrisa y allí estaba él, en un elegantísimo traje chaqueta con un ramo de rosas negras, azules y rojas, estaba increíblemente guapo. Le miré a los ojos y tal y cómo él esperaba me lancé a sus brazos para besarle y transmitirle todo lo que sentía en aquel momento. Me abrazó y posé mi cabeza sobre su hombro, respiré y me llegó un olor super dulce -ese perfume suyo que tan loca me volvía-, me mordí el labio y le susurré:
Gracias, mi vida, siempre logras hacerme sentir como en un sueño. No sé cómo te las arreglas para hacer que todo sea tan sumamente perfecto.- Levanté mi cabeza y le miré a los ojos, tenían un brillo especial bajo la luz tenue que salía del restaurante.
¿Entramos? - me dijo ofreciéndome su brazo para que me agarrase y nos dirigimos hacia el interior para pasar una de las veladas más mágicas que recuerdo.
24.3.11
Purpento.
Aquella era una soleada mañana en el planeta de Purpento, la típica mañana soleada en la que todo el mundo despierta con el canto de los pájaros, una sonrisa en la cara y de buen humor, soleada al menos antes de que aparecieran unas nubes un tanto extrañas y sospechosas. Eran nubes de un tono verdoso, verde con un toque de morado, una mezcla explosiva de color. Éstas venían del oeste y se acercaban notablemente hacia el sol, comiéndose a su paso la claridad del día.
Las sonrisas de la gente comenzaron a disiparse conforme pasaba la mañana, mirases a quien mirases veías que su expresión era de extrañeza, desconfianza e incluso algunas personas empezaban a demostrar algo de paranoia. Los periódicos sacaban extras con confabulaciones acerca de lo que significaba la aparición de esas acumulaciones verdosas, ni siquiera se atrevían a llamarlas nubes ya que eso es lo que eran, meras nubes. La hipocondría se extendió por los habitantes de la ciudad, supuestos síntomas se propagaron y comenzaron a sentirse intoxicados, mareados, sentían sudores fríos y llegaron hasta el punto de usar mascarillas para no inhalar al máximo la extraña atmósfera que los envolvía. Poco a poco el rumor de que la niebla verdosa que habían creado las nubes era un gas tóxico, un virus casi mortal, una enfermedad contagiosa, llegó a la mayoría de las personas. Decían que era una conspiración vírica que había estado desarrollando en secreto durante años la mafia de los conejos saltarines, los cuales tenían su base situada en una cueva oculta allá por el poblado de los leprechauns sin arco iris ya que era una zona que poca gente se atrevía a explorar.
Fue uno de los típicos rumores que se divulgan en cuestión de horas, y poco después comenzaron las congregaciones de gente indignada y con ira almacenada que no deseaban otra cosa que ir a buscar, atacar y destrozar la base de la mafia. Lo que esta gente no sabía era que los conejos saltarines llevaban unos cuantos años en guerra con los leprechauns sin arco iris y por lo tanto se habían visto obligados a trasladar la base secreta al hueco del árbol situado al fondo del pasillo boscoso a mano derecha, al igual que la mayoría de los baños, todo sea dicho.
La parte buena del caso, porque aunque parezca que no sí que hay parte buena, es que en ese hueco del árbol no se estaba llevando a cabo ningún experimento químico ni se estaba fabricando un gas tóxico ultra maligno, sino simplemente se había hallado la fórmula para crear nubes multicolores que diesen un poco más de alegría al mundo gris en el que vivía la gente de ese mundo.
A pesar de la buena idea del plan, siempre tiene que haber una parte mala –y sino siempre, la mayoría de las veces– y en este caso fue la infiltración de un malévolo saltamontes azul que se metió en la base del hueco del árbol saltando de rama en rama y de hoja en hoja y tras su incursión había logrado introducir un ingrediente secretamente saltamónico que convertía a las personas en ratones con un aire agatado. Este hecho hacía que todo aquel que respirase el aire envuelto por esas nubes multicolores, tenía una serie de mutaciones que transformaba su cabeza en una parecida a la de un gato con bigotes y le añadía a su cuerpo una cola de ratón. También ha de añadirse que claramente, esa persona comenzaba a odiar horrores el queso, lo cual haría que más adelante todas las fábricas de queso terminasen cerradas y el queso desaparecería de la faz de Purpento –esto viene a que obviamente lo de que los ratones adoran el queso es puro mito, como todo el mundo debería de saber, por eso no caen en las ratoneras sino que huyen de ellas–.
Pasadas unas cuantas semanas, cuando el gas se hubo extendido por toda la amplitud del planeta y todas las personas se encontraban contagiadas, por así decirlo, y convertidas en ratones agatados, la niebla verdosa que envolvía todo comenzó a disiparse lentamente hasta quedar reducida a nada más que un recuerdo del pasado. Fue entonces cuando, tras haber pasado todo el mes de Octolio hibernando en su madriguera situada al otro lado del río y escondida tras unos matorrales punzantes para no ser molestada en su periodo de somnolienta tranquilidad, Luu salió al mundo real sin haberse visto afectada por el cambiante virus verdosamente morado. Por lo visto, los matorrales punzantes hicieron las veces de filtro al estar situados delante de la zona abierta de la madriguera y por ello no dejaron pasar la niebla que causaba las transformaciones. De esta manera, Luu se dirigió felizmente hacia la civilización, como hacía cada año tras pasar el mes de Octolio en su guarida, lo que ella ni siquiera pensó es con lo que se iba a encontrar tras llegar hasta ésta... ¿la aceptarían los ahora mutantes? ¿o la atacarían porque les dominaría la envidia de que ella no hubiese mutado como ellos?
5.3.11
(Des)espera.
Suena el móvil, el sonido de su canción favorita, con vagos tanteos Megumi coge el móvil y le da a una tecla cualquiera para que se calle. Se estira, con los ojos aun cerrados, se da la vuelta, bosteza y se frota los ojos. Vuelve a coger el móvil y mira la hora. Son las 8.30 de la mañana.
Media horita más y me levanto- piensa ella. Cambia la alarma, se da media vuelta y queda dormida en cuestión de segundos. Como si no hubiese pasado ni un minuto Megumi se despierta de nuevo por la alarma del móvil, lo apaga, se frota los ojos y se sienta en el colchón con los hombros caídos. Saca las piernas de las sábanas. Mira el suelo en busca de las zapatillas pero casi no puede ni abrir los ojos. Baja de la parte de abajo de la litera y mecánicamente sale de la habitación, cruza el pasillo y entra en la primera habitación de la casa y dice en voz alta en medio de un bostezo:
Buenos días gandulin. - sonríe y se acerca a la cama. Pero entonces cae en la cuenta de que ya no hay nadie a quien darle los buenos días. Abre bien los ojos y mira hacia el lecho vacío y su sonrisa cae bruscamente. Otra vez ese vacío. Se sienta sobre el colchón y pasa el brazo sobre la colcha de la cama hecha. Coge un peluche que descansa sobre la almohada y lo abraza mientras mira por la ventana y retiene en su interior las lágrimas que luchan por salir. Se le cae el mundo encima de nuevo. Ansiedad.
Tras una semana de acostumbrarse ya no está, ahora está lejos. Durmiendo en otro lecho, apartado del suyo. Hasta dentro de unos meses no volverá, meses de espera para volver a acostumbrarse a la rutina antes de dormir, el camino de habitación a habitación por las mañanas. Hasta dentro de unos meses no tendrá que despertar a nadie que no se querrá levantar, que la agarrará por la cintura y la atraerá hacia la cama para achucharla entre sus brazos mientras le pide unos minutos de prórroga disfrutando de su abrazo.
Nadie le dará mil besos de buenas noches, de buenos días, besos porque sí, "besos de porque me da la gana"-como él los llama-. Ya, hasta dentro de unos meses, no volverá a tener a alguien que la abrace por la espalda mientras le susurra al oído te quiero decorados con palabras bonitas. Unos meses que van a ser eternos pero que tendrán una gran recompensa, volverle a tener entre sus brazos, entrelazar sus manos, beber de sus besos y volar con sus palabras. Unos meses... solo unos meses...
Media horita más y me levanto- piensa ella. Cambia la alarma, se da media vuelta y queda dormida en cuestión de segundos. Como si no hubiese pasado ni un minuto Megumi se despierta de nuevo por la alarma del móvil, lo apaga, se frota los ojos y se sienta en el colchón con los hombros caídos. Saca las piernas de las sábanas. Mira el suelo en busca de las zapatillas pero casi no puede ni abrir los ojos. Baja de la parte de abajo de la litera y mecánicamente sale de la habitación, cruza el pasillo y entra en la primera habitación de la casa y dice en voz alta en medio de un bostezo:
Buenos días gandulin. - sonríe y se acerca a la cama. Pero entonces cae en la cuenta de que ya no hay nadie a quien darle los buenos días. Abre bien los ojos y mira hacia el lecho vacío y su sonrisa cae bruscamente. Otra vez ese vacío. Se sienta sobre el colchón y pasa el brazo sobre la colcha de la cama hecha. Coge un peluche que descansa sobre la almohada y lo abraza mientras mira por la ventana y retiene en su interior las lágrimas que luchan por salir. Se le cae el mundo encima de nuevo. Ansiedad.
Tras una semana de acostumbrarse ya no está, ahora está lejos. Durmiendo en otro lecho, apartado del suyo. Hasta dentro de unos meses no volverá, meses de espera para volver a acostumbrarse a la rutina antes de dormir, el camino de habitación a habitación por las mañanas. Hasta dentro de unos meses no tendrá que despertar a nadie que no se querrá levantar, que la agarrará por la cintura y la atraerá hacia la cama para achucharla entre sus brazos mientras le pide unos minutos de prórroga disfrutando de su abrazo.
Nadie le dará mil besos de buenas noches, de buenos días, besos porque sí, "besos de porque me da la gana"-como él los llama-. Ya, hasta dentro de unos meses, no volverá a tener a alguien que la abrace por la espalda mientras le susurra al oído te quiero decorados con palabras bonitas. Unos meses que van a ser eternos pero que tendrán una gran recompensa, volverle a tener entre sus brazos, entrelazar sus manos, beber de sus besos y volar con sus palabras. Unos meses... solo unos meses...
3.3.11
En los brazos de Morfeo. II
Apoyó la cabeza sobre su mano y la giró levemente hacia la ventana. Hacía un día increíble, de esos que tientan a soñar. Y se dejó llevar. Tenía la mirada fija en un trozo de césped que parecía bastante cómodo, sobre él caía suavemente la sombra de un sauce llorón que incitaba a descansar del calor que ese día tanto desprendía el sol. Y su mente tomó las riendas de la situación. La hizo imaginarse allí tumbada con un bonito vestido de verano, descalza, con las sandalias bien colocadas fuera de la toalla sobre la que ella estaba, puestas justo al lado de su libro de poesía favorito 'Alas de Mar y Prosa', de Escandar Algeet. Soplaba una cálida brisa que movía el vuelo de su falda y jugaba con su melena. Su mente hizo aparecer a un chico que le sonrió con un brillo en los ojos, se sentó a su lado y le acarició la mejilla. Ella se incorporó y acercó su cara a la suya. Cuando él le cogió dulcemente por la nuca y acercó sus labios para deleitarla con un beso... sonó un revuelo de papeles que la hizo salir de esa ensoñación. La hizo volver de golpe a la realidad. La clase había terminado y todo el mundo estaba ya recogiendo. Respiró hondo, guardó los folios en blanco en el carpesano y los bolígrafos en la mochila y se levantó de la silla. El profesor se le acercó y le dijo:
"Tienes suerte porque hoy no dimos nada nuevo, pero más vale que no te dejes a merced de tu imaginación en horario lectivo, no es bueno que pierdas explicaciones".
Y con una amable sonrisa se dio media vuelta y salió de la clase. Ella se quedó parada durante unos instantes, media sonrisa se dibujó en su cara, se echó la mochila al hombro y con un suspiro se dirigió a casa. Por suerte ya era viernes y tenía dos días para dejarse llevar.
"Tienes suerte porque hoy no dimos nada nuevo, pero más vale que no te dejes a merced de tu imaginación en horario lectivo, no es bueno que pierdas explicaciones".
Y con una amable sonrisa se dio media vuelta y salió de la clase. Ella se quedó parada durante unos instantes, media sonrisa se dibujó en su cara, se echó la mochila al hombro y con un suspiro se dirigió a casa. Por suerte ya era viernes y tenía dos días para dejarse llevar.
1.3.11
En los brazos de Morfeo. I
Caían lentamente sus párpados mientras intentaba mantenerse despierta, la cabeza se le iba y sentía una ausencia absoluta de ella misma durante unos segundos. El profesor seguía hablando. Ella intentaba atender, cambiaba mil veces de posición y a pesar de todo seguía durmiéndose. Contuvo un bostezo y se puso las dos manos en la boca, se frotó los ojos e intentó volver a atender a la clase a la que asistía. Miró hacia delante y su cabeza volvió a ausentarse, le costaba fijar la mirada y veía dos veces a una persona hablando, lo que le aburría doblemente. La voz se iba desvaneciendo y la postura que tenía adoptada le hizo caer. Se quedó dormida durante unos minutos. Se despertó con una voz cercana a ella:
"Parece que me estoy yendo un poco por las ramas porque hasta la señorita que más atenta estaba siempre en mis clases ha caido entre los brazos de Morfeo. - el profesor soltó una alegre carcajada.- ¿Ha dormido usted bien?" - preguntó con una sonrisa a la joven que se frotaba los ojos con las manos mientras levantaba la cabeza de encima de la mesa y se ponía recta en la silla.
Era una joven atrayentemente bonita, tenía algo que atraía a los demás, el pelo negro, liso y largo con un corte recto al igual que en su flequillo. Sus ojos eran color turquesa y profundos como el mar, solía vestir colores apagados y tonalidades azules que por alguna extraña razón resaltaban sus ojos. Sus movimientos eran limpios, rápidos y delicados, increíblemente dulces.
Estaba ruborizada y miraba hacia abajo, murmuró que lo sentía pero llevaba unas cuantas noches sin dormir demasiado bien, que no podía, y que jamás volvería a pasar. Le dedicó una pequeña sonrisa, el profesor volvió a reirse, se alejó y continuó con la clase como si no hubiese pasado nada.
"Parece que me estoy yendo un poco por las ramas porque hasta la señorita que más atenta estaba siempre en mis clases ha caido entre los brazos de Morfeo. - el profesor soltó una alegre carcajada.- ¿Ha dormido usted bien?" - preguntó con una sonrisa a la joven que se frotaba los ojos con las manos mientras levantaba la cabeza de encima de la mesa y se ponía recta en la silla.
Era una joven atrayentemente bonita, tenía algo que atraía a los demás, el pelo negro, liso y largo con un corte recto al igual que en su flequillo. Sus ojos eran color turquesa y profundos como el mar, solía vestir colores apagados y tonalidades azules que por alguna extraña razón resaltaban sus ojos. Sus movimientos eran limpios, rápidos y delicados, increíblemente dulces.
Estaba ruborizada y miraba hacia abajo, murmuró que lo sentía pero llevaba unas cuantas noches sin dormir demasiado bien, que no podía, y que jamás volvería a pasar. Le dedicó una pequeña sonrisa, el profesor volvió a reirse, se alejó y continuó con la clase como si no hubiese pasado nada.
20.2.11
Conversaciones perdidas.
Te miro a los ojos y ya no te reconozco, te alejas poco a poco, "¿dónde estás?"-te pregunto.
"Estoy aquí, delante tuya, ¿por qué no me ves?"
"Ya no eres tú, has cambiado mucho, ya no eres de quien yo me enamoré, ¿qué te has hecho?, ¿por qué?"
"No he hecho nada, tú estás loca y empeñada. ¡Déjame vivir en paz!"
"Yo te dejo, pero tú a mi no, me consumes con tu fuego, yo no puedo..."
"¿Fuego?, ¿qué clase de fuego?, ¿tú que tomas?, ¿qué me ves?"
"El fuego de tu odio, de tu rabia... me quema y me consume, ¿no lo ves?, ¿seguro?"
"Todo estaba bien hasta que abriste la boca, no sé qué te pasa, tonta, loca, más que loca..."
"No soy yo, eres tú, tú eres quien ha cambiado, un extraño, un extraño que ya dejó de quererme..."
"Estoy aquí, delante tuya, ¿por qué no me ves?"
"Ya no eres tú, has cambiado mucho, ya no eres de quien yo me enamoré, ¿qué te has hecho?, ¿por qué?"
"No he hecho nada, tú estás loca y empeñada. ¡Déjame vivir en paz!"
"Yo te dejo, pero tú a mi no, me consumes con tu fuego, yo no puedo..."
"¿Fuego?, ¿qué clase de fuego?, ¿tú que tomas?, ¿qué me ves?"
"El fuego de tu odio, de tu rabia... me quema y me consume, ¿no lo ves?, ¿seguro?"
"Todo estaba bien hasta que abriste la boca, no sé qué te pasa, tonta, loca, más que loca..."
"No soy yo, eres tú, tú eres quien ha cambiado, un extraño, un extraño que ya dejó de quererme..."
21.12.10
En primera persona. II
"No puede ser, no puede ser, no puede ser..."- pienso para mis adentros a la par que mi corazón late desvocado y mi subconsciente grita un "¡te lo dije!, ¡te dije que vendría!"
Está ahí, frente a mi, con ese pelo tan liso tapando sus verdes ojos, esa melenita que le llega hasta los hombros y las manos dentro de los bolsillos. Lleva una camiseta verde, unos vaqueros rectos y unas zapatillas negras y verdes. ¡Espera! No es una camiseta cualquiera, ¡es la que le regalé! Y esas zapatillas son las que le dije que me gustaban para él. Está tan guapo...
De repente me tiro encima de él y empiezo a golpear mis puños contra su pecho gritándole:
"¡¡Tonto, tonto, más que tonto!! ¡Te odio por haberme hecho esperar tanto!"- pero de pronto la rabia que había en mi se desvanece, no queda ni rencor ni odio ni nada. Me echo hacia atrás con la mirada hacia el suelo sin saber qué hacer.
Él está ahí, impasible, en la misma posición que antes de que hiciera nada, mirándome fijamente sin decir nada, tan solo observando cómo reacciono.
Yo solo quiero besarle, abrazarle, quedarme colgada de su mirada, yacer entre sus brazos y sonreír de pura felicidad. Felicidad... hacía tanto que no pensaba en esa palabra. Estoy quieta, inmóvil, petrificada delante de él sin expresión alguna, sin saber qué decir ni qué hacer, no sé cómo reaccionar y eso que había soñado mil situaciones para ese preciso momento. De pronto vuelvo a caer entre sus brazos, le abrazo lo más fuerte que puedo rodeando con mis manos su cintura, apoyo mi cabeza sobre su hombro y por más que intento no llorar rompo en lágrimas. Me siento frágil como una muñequita de porcelana, débil y desprotegida. No hay ninguna muralla alrededor de mi corazón, no hay barreras, solo escombros de lo que creía que era una sólida construcción.
"No te vuelvas a ir, no me dejes otra vez, no te vayas de nuevo" - digo entre sollozos - "Por favor, no me dejes, te quiero, te quiero tanto..."
Él, sorprendido por mi reacción, me abraza muy fuerte, pone su cabeza sobre la mía y besa mi pelo.
"Tranquila cariño" -me dice con esa voz tan angelical que ponía al hablar conmigo- "lo siento, no tendría que haberme ido pero siempre supe que volveríamos a vernos, venga, no llores tonta."
Me separa lentamente de él, coje mi mentón con su mano, levanta suavemente mi cabeza y agacha la suya para juntar sus labios con los mios. Es lo más dulce que he sentido en mucho tiempo, bebo de ese beso, me dejo llevar y una sensación maravillosa recorre cada parte de mi cuerpo. Me siento feliz, siento como si no existiese nada a mi alrededor, como si el suelo debajo de mis pies se hubiese desvanecido. No existe nada más que nosotros dos. Las lágrimas siguen brotando de mis ojos, no puedo parar. Necesitaba sentirle tan cerca, verle, escucharle, tocarle, olerle...
Está ahí, frente a mi, con ese pelo tan liso tapando sus verdes ojos, esa melenita que le llega hasta los hombros y las manos dentro de los bolsillos. Lleva una camiseta verde, unos vaqueros rectos y unas zapatillas negras y verdes. ¡Espera! No es una camiseta cualquiera, ¡es la que le regalé! Y esas zapatillas son las que le dije que me gustaban para él. Está tan guapo...
De repente me tiro encima de él y empiezo a golpear mis puños contra su pecho gritándole:
"¡¡Tonto, tonto, más que tonto!! ¡Te odio por haberme hecho esperar tanto!"- pero de pronto la rabia que había en mi se desvanece, no queda ni rencor ni odio ni nada. Me echo hacia atrás con la mirada hacia el suelo sin saber qué hacer.
Él está ahí, impasible, en la misma posición que antes de que hiciera nada, mirándome fijamente sin decir nada, tan solo observando cómo reacciono.
Yo solo quiero besarle, abrazarle, quedarme colgada de su mirada, yacer entre sus brazos y sonreír de pura felicidad. Felicidad... hacía tanto que no pensaba en esa palabra. Estoy quieta, inmóvil, petrificada delante de él sin expresión alguna, sin saber qué decir ni qué hacer, no sé cómo reaccionar y eso que había soñado mil situaciones para ese preciso momento. De pronto vuelvo a caer entre sus brazos, le abrazo lo más fuerte que puedo rodeando con mis manos su cintura, apoyo mi cabeza sobre su hombro y por más que intento no llorar rompo en lágrimas. Me siento frágil como una muñequita de porcelana, débil y desprotegida. No hay ninguna muralla alrededor de mi corazón, no hay barreras, solo escombros de lo que creía que era una sólida construcción.
"No te vuelvas a ir, no me dejes otra vez, no te vayas de nuevo" - digo entre sollozos - "Por favor, no me dejes, te quiero, te quiero tanto..."
Él, sorprendido por mi reacción, me abraza muy fuerte, pone su cabeza sobre la mía y besa mi pelo.
"Tranquila cariño" -me dice con esa voz tan angelical que ponía al hablar conmigo- "lo siento, no tendría que haberme ido pero siempre supe que volveríamos a vernos, venga, no llores tonta."
Me separa lentamente de él, coje mi mentón con su mano, levanta suavemente mi cabeza y agacha la suya para juntar sus labios con los mios. Es lo más dulce que he sentido en mucho tiempo, bebo de ese beso, me dejo llevar y una sensación maravillosa recorre cada parte de mi cuerpo. Me siento feliz, siento como si no existiese nada a mi alrededor, como si el suelo debajo de mis pies se hubiese desvanecido. No existe nada más que nosotros dos. Las lágrimas siguen brotando de mis ojos, no puedo parar. Necesitaba sentirle tan cerca, verle, escucharle, tocarle, olerle...
20.12.10
En primera persona. I
Es un día caluroso, realmente caluroso para ser mitad de Otoño. El tiempo últimamente está loco, ayer mismo llevaba la chaqueta de invierno y mi fantástico gorrito negro, pero hoy -gracias a dios- me he tenido que poner una camiseta de tirantes y aun así tengo calor.
Bostezo, me estiro y miro al cielo, hay nubes. Bastantes nubes para manchar el cielo de blanco pero no las suficientes para dejar volar la imaginación. Estoy apoyada con la espalda en la pared, una pierna doblada y el resto del peso de mi cuerpo sobre la otra pierna recta. Llevo escasos minutos aquí y ya me parecen horas, soy demasiado impaciente.
Por primera vez he sido puntual y mira que me ha costado, no lograba decidirme a la hora de qué ponerme. Ahora estoy aquí con mi bonita camiseta de tirantes, mis pantalones vaqueros "cortos" y anchos y mis bambas altas. No llegan a ser botines pero son relativamente altas. Mi pelo está totalmente liso -al fin tuve dinero suficiente para hacerme el alisado japonés y olvidarme por un tiempo de que se rice a placer-, cae por mi espalda, con su corte recto, hasta más allá de mi cintura. Mi flequillo está milimétricamente cortado por encima de mis ojos, ni demasiado corto como para que se me vean las cejas ni demasiado largo como para que me tape los ojos y me moleste. Uso cascos grandes, de esos que cubren la oreja totalmente y te evaden del mundo, suelo llevarlos todo el día enchufados pero ahora descansan alrededor de mi cuello, apagados, afónicos de tanto cantar para mi durante horas.
Respiro hondo, miro hacia un lado y otro, cambio la pierna con la que me apoyo en la pared y suspiro. No veo a nadie conocido, no viene nadie a mi punto de quedada. Empiezan mis dudas:
"¿Seguro que había quedado hoy, aquí mismo, a esta hora?" - saco el móvil y miro a ver si tengo algún mensaje o llamada perdida, ni rastro de nada. Miro la hora y lo guardo. Son las cinco y cincuentaycinco. Echo de nuevo un vistazo a cada lado de la calle y vuelvo a sacar el móvil para mirar la hora, no me acuerdo de la que acabo de ver. Cinco y cincuentayseis.
No puedo irme, no todavía, no sin verle, no sin él. Seguro que vendrá, me dio su palabra y jamás me mentiría. Sé que ya desapareció una vez casi sin dar explicación alguna pero tendría sus razones, buenas y lógicas razones. Pero es que son ya las seis de la tarde y habíamos quedado a las cinco y media, y además yo vine quince minutos antes por lo nerviosa que estaba. Yo no sé esperar a nadie, me desespera esperar y él lo sabe muy bien. Quizá solo está jugando conmigo, quizá es una prueba para ver si estoy realmente interesada, ¿estará aquí desde hace un rato y no me habré dado cuenta?
Me echo hacia delante en la acera y comienzo a buscar a mi alrededor, en los coches aparcados, las terrazas de los bares, los bancos, los árboles... pero no hay ni rastro, no está por ninguna parte. Me está tomando el pelo, seguro que ni pensaba venir, me siento tonta, tontísima. Me tiene dominada y a pesar de todo lo que pasó sigo siendo suya, tiene un control sobre mi que no puedo entender.
"¡Maldito imbécil!" - grito al aire mientras doy una patada. Maldigo con el puño en alto, cara de enfado y mirando al cielo. Hincho mis mofletes, cierro mis puños al lado de mi cintura con los brazos extendidos y mientras giro la cabeza de un lado a otro pienso lo muchísimo que le odio por hacerme esto.
La gente que pasa por delante de mi me mira con cara extrañada, pero me da igual, todo me da exactamente igual. Como le vea... como le vea hoy muere. ¡Le odio! Y cuánto le odio...la rabia me corroe por dentro, me queda poco a poco. Y de repente oigo una voz, una voz familiar que anhelaba, que mis oídos deseaban escuchar.
"Sigues estando tan tonta y loca como siempre" -dice la voz de mis sueños, entre risas, a unos cuantos pasos de mi. Abro totalmente los ojos, sorprendida de volver a escuchar esa voz y totalmente descolocada me voy girando lentamente.
Bostezo, me estiro y miro al cielo, hay nubes. Bastantes nubes para manchar el cielo de blanco pero no las suficientes para dejar volar la imaginación. Estoy apoyada con la espalda en la pared, una pierna doblada y el resto del peso de mi cuerpo sobre la otra pierna recta. Llevo escasos minutos aquí y ya me parecen horas, soy demasiado impaciente.
Por primera vez he sido puntual y mira que me ha costado, no lograba decidirme a la hora de qué ponerme. Ahora estoy aquí con mi bonita camiseta de tirantes, mis pantalones vaqueros "cortos" y anchos y mis bambas altas. No llegan a ser botines pero son relativamente altas. Mi pelo está totalmente liso -al fin tuve dinero suficiente para hacerme el alisado japonés y olvidarme por un tiempo de que se rice a placer-, cae por mi espalda, con su corte recto, hasta más allá de mi cintura. Mi flequillo está milimétricamente cortado por encima de mis ojos, ni demasiado corto como para que se me vean las cejas ni demasiado largo como para que me tape los ojos y me moleste. Uso cascos grandes, de esos que cubren la oreja totalmente y te evaden del mundo, suelo llevarlos todo el día enchufados pero ahora descansan alrededor de mi cuello, apagados, afónicos de tanto cantar para mi durante horas.
Respiro hondo, miro hacia un lado y otro, cambio la pierna con la que me apoyo en la pared y suspiro. No veo a nadie conocido, no viene nadie a mi punto de quedada. Empiezan mis dudas:
"¿Seguro que había quedado hoy, aquí mismo, a esta hora?" - saco el móvil y miro a ver si tengo algún mensaje o llamada perdida, ni rastro de nada. Miro la hora y lo guardo. Son las cinco y cincuentaycinco. Echo de nuevo un vistazo a cada lado de la calle y vuelvo a sacar el móvil para mirar la hora, no me acuerdo de la que acabo de ver. Cinco y cincuentayseis.
No puedo irme, no todavía, no sin verle, no sin él. Seguro que vendrá, me dio su palabra y jamás me mentiría. Sé que ya desapareció una vez casi sin dar explicación alguna pero tendría sus razones, buenas y lógicas razones. Pero es que son ya las seis de la tarde y habíamos quedado a las cinco y media, y además yo vine quince minutos antes por lo nerviosa que estaba. Yo no sé esperar a nadie, me desespera esperar y él lo sabe muy bien. Quizá solo está jugando conmigo, quizá es una prueba para ver si estoy realmente interesada, ¿estará aquí desde hace un rato y no me habré dado cuenta?
Me echo hacia delante en la acera y comienzo a buscar a mi alrededor, en los coches aparcados, las terrazas de los bares, los bancos, los árboles... pero no hay ni rastro, no está por ninguna parte. Me está tomando el pelo, seguro que ni pensaba venir, me siento tonta, tontísima. Me tiene dominada y a pesar de todo lo que pasó sigo siendo suya, tiene un control sobre mi que no puedo entender.
"¡Maldito imbécil!" - grito al aire mientras doy una patada. Maldigo con el puño en alto, cara de enfado y mirando al cielo. Hincho mis mofletes, cierro mis puños al lado de mi cintura con los brazos extendidos y mientras giro la cabeza de un lado a otro pienso lo muchísimo que le odio por hacerme esto.
La gente que pasa por delante de mi me mira con cara extrañada, pero me da igual, todo me da exactamente igual. Como le vea... como le vea hoy muere. ¡Le odio! Y cuánto le odio...la rabia me corroe por dentro, me queda poco a poco. Y de repente oigo una voz, una voz familiar que anhelaba, que mis oídos deseaban escuchar.
"Sigues estando tan tonta y loca como siempre" -dice la voz de mis sueños, entre risas, a unos cuantos pasos de mi. Abro totalmente los ojos, sorprendida de volver a escuchar esa voz y totalmente descolocada me voy girando lentamente.
3.12.10
Un vacío entre las sábanas.
Hacía frío y desperté tiritando a las tantas de la madrugada. ¿Por qué días atrás me era suficiente con el pijama de invierno y un par de mantas y ahora, en cambio, tenía frío? Giré mi cuerpo hacia la derecha y estiré el brazo, pero solo hallé vacío, caí en la cuenta, no había nada, no había nadie. ¿Dónde demonios...? No, es cierto, ¿en qué estaría pensando? Había olvidado que me acostumbro demasiado rápido a las cosas que me gustan, no debí, tendría que haber puesto en off el maldito botón que activa mi anhelo, ahora no había nada que abrazar y yo lo echaba de menos. Me di la vuelta hacia el otro lado y me acurruqué sobre mi misma, me hice una especie de ovillo e intenté conciliar el sueño. Pasó alrededor de una hora y ahí seguía yo, totalmente despierta, con frío, con la estúpida sensación de echar en falta algo que no puedo tener en esos momentos y sin saber qué hacer.
Me senté en la cama, arropada por las sábanas y mantas que tenía al alcance y parpadeé múltiples veces hasta hacerme con la oscuridad de mi habitación, vi un peluche cerca de mi cabecera y lo cogí, al menos así tendría algo que abrazar. Cuando iba a volver a sumirme en la soledad de mis sábanas me di cuenta de que había una gorra encima de la lámpara, un recuerdo... quizá con eso fuera capaz de conciliar mejor el sueño, la cogí y la dejé encima de mi almohada, apoyé mi cabeza sobre ésta y dejé descansar mi cuerpo bajo el calor de las mantas. Cerré los ojos e intenté dejar la mente en blanco, no pensar me serviría para caer en un sueño profundo, sí, era la mejor idea...
Y de pronto escuché su voz, recordé su mirada, sus gestos, sentí una mano recorrer mi espalda, noté el calor de sus besos sobre mis labios, su aliento en mi cuello, escuché cómo me susurraba te quiero al oído... ¿me estaría volviendo loca?
Demasiado rápido, me acostumbraba demasiado rápido a las cosas y eso no era bueno, no podía permitírmelo, no puedo... cerré el puño sobre la almohada y mi respiración se aceleró, le echaba de menos... maldije la distancia, giré la cara y... solo vi la pared, tenía un espacio a mi lado y nadie lo ocupaba, no había nadie que me mirase a los ojos, nadie me despertara al día siguiente con un dulce beso de buenos días...
- "¡Acostúmbrate al vacío de una puta vez!" -grité dentro de mi cabeza.
Suspiré, miré el techo unos segundos, cerré los ojos y abracé el peluche, una mano acariciando la gorra y la mente en blanco hasta que caí rendida.
Otra noche más sin él.
Pequeños puntos de inspiración
¿Quien soy yo?
- Luu
- Valencia, Spain
- Ni yo misma lo sé, tan solo me creo una maniática de los lios mentales, las ensoñaciones por lugares inóspitos y las mayores irrealidades jamás creadas. Quizá tanto vivir en mundos aparte sea lo que cause tantos estragos a mis pensamientos.