No tardaron demasiado en llegar, aquel viejo policía conducía bien, lo suficientemente rápido para que no se hiciera pesado y, sin embargo, también lo suficientemente lento para sentir total seguridad. La dejó en la misma puerta de su casa y antes de que se bajara le alcanzó las llaves. Ya se había olvidado de ellas. ¡Otro golpe contra la realidad! Se había acostumbrado a que las llevara él, siempre que salían las guardaba en el mosquetón que se enganchaba al pantalón. "Así seguro que no las pierdes, ¿vale despistadilla?"-le había dicho la primera vez después de que ella las llevara durante más de media hora en la mano porque no se había acordado de guardarlas, y desde aquel día tomó por costumbre tenderle el llavero cada vez que le veía para que se lo guardase.
Tras unos segundos sin reaccionar por culpa de los recuerdos, Megumi cogió las llaves y salió del coche cerrando la puerta tras de sí. Abrió el portal con unas temblorosas manos, subió las escaleras casi corriendo y se quedó parada delante de la puerta de su casa. Hacía tan solo unas horas que Kein y ella habían salido por esa misma puerta con una gran sonrisa y ahora ella regresaba con lágrimas en los ojos y sin él. Encajó la llave como pudo en la cerradura, la giró y entró en la casa. Fue corriendo hasta su cuarto, se echó sobre la cama abrazándose a un peluche que él le había regalado y dejó que todo lo que tenía dentro saliese. Lloró durante horas, maldijo más de cien veces en vano y le echó más de menos que nunca hasta que finalmente el cansancio pudo con ella y calló dormida. Aquel día había dado un giro de 180 grados a su vida. Ya nada volvería a ser igual.
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Sitio para palabras escondidas y recuerdos aparentemente perdidos.
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17.5.11
13.5.11
Día de playa III
¿Hay algo más que podamos hacer por ti, cariño?-le preguntaron sacándola de sus profundos pensamientos.
¿Pueden llevarme a casa? Y si, por favor, llamasen ustedes a sus padres me quitarían un peso de encima, no me siento capaz de decírselo yo, no sé cómo empezar, no sé qué decirles, no creo poder...-la voz de Megumi se deshizo en un susurro y pasó los brazos alrededor de su cuerpo abrazándose a sí misma con la cabeza agachada.
Claro, veremos qué podemos hacer, tú tranquila. Mira, -metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, sacó una cartera de piel que abrió para rebuscar dentro y sacó un papel que entregó a Megumi- aquí tienes mi tarjeta, llámame si necesitas hablar, no te preocupes por la hora, ¿vale?- y le dedicó una bonita y reconfortante sonrisa.
La verdad es que no tenía pinta de psicólogo, no como la otra mujer, él era bastante joven, tendría unos veintitantos y vestía con un elegante traje chaqueta, tenía el pelo liso, por los hombros, igual que Kein. Sus ojos eran azul cielo, cálidos y llenos de cariño, sus miradas eran profundas, se notaba que le gustaba su trabajo, le gustaba ayudar, eso se nota.
Ella alargó la mano, cogió la tarjeta y la guardó en sus vaqueros, quería irse ya de allí, susuró un gracias y miró alrededor en busca de un coche o algo que le indicara que iban a sacarla de aquel lugar.
Unos diez interminables minutos más tarde, un policía se le acerdó y le pasó un brazo por la espalda para guiarle hacia el coche, le abrió la puerta delantera, la ayudó a entrar y tras cerrar la puerta, entró en el asiento del conductor.
No dijo nada en todo el camino, sabía dónde tenía que ir y sabía cómo llegar. De vez en cuando dirigía la mirada hacia la joven y suspiraba. Megumi agradeció aquel silencio, no tenía ganas de hablar más ni de sonrisas forzadas ni de nada, miraba por la ventanilla del coche y veía la gente agitada, moviéndose de un lado a otro con prisa, sin disfrutar de los momentos ni del sol ni de la suave brisa que les llegaba y le dio pena. Todo eso le recordó a Kein, él siempre decía que había que beber de cada momento como si fuesen gotas de agua en un abrasador y seco día de vagabundeo en el desierto, que había que recibir los pequeños detalles como si fuesen enormes regalos. Y no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos. Se tocó la cabeza para quitarse la pamela y se dio cuenta de que no la tenía, pero en esos momentos le pareció algo tan sumamente insignificante que no le dio importancia. Soltó entonces el pelo del moño que llevaba hecho, se quitó los ganchos que retenían su flequillo, se limpió con los dedos las lágrimas que tenía, respiró hondo y se escondió detrás de su cabello con el corazón en un puño y un tremendo dolor de garganta.
¿Pueden llevarme a casa? Y si, por favor, llamasen ustedes a sus padres me quitarían un peso de encima, no me siento capaz de decírselo yo, no sé cómo empezar, no sé qué decirles, no creo poder...-la voz de Megumi se deshizo en un susurro y pasó los brazos alrededor de su cuerpo abrazándose a sí misma con la cabeza agachada.
Claro, veremos qué podemos hacer, tú tranquila. Mira, -metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, sacó una cartera de piel que abrió para rebuscar dentro y sacó un papel que entregó a Megumi- aquí tienes mi tarjeta, llámame si necesitas hablar, no te preocupes por la hora, ¿vale?- y le dedicó una bonita y reconfortante sonrisa.
La verdad es que no tenía pinta de psicólogo, no como la otra mujer, él era bastante joven, tendría unos veintitantos y vestía con un elegante traje chaqueta, tenía el pelo liso, por los hombros, igual que Kein. Sus ojos eran azul cielo, cálidos y llenos de cariño, sus miradas eran profundas, se notaba que le gustaba su trabajo, le gustaba ayudar, eso se nota.
Ella alargó la mano, cogió la tarjeta y la guardó en sus vaqueros, quería irse ya de allí, susuró un gracias y miró alrededor en busca de un coche o algo que le indicara que iban a sacarla de aquel lugar.
Unos diez interminables minutos más tarde, un policía se le acerdó y le pasó un brazo por la espalda para guiarle hacia el coche, le abrió la puerta delantera, la ayudó a entrar y tras cerrar la puerta, entró en el asiento del conductor.
No dijo nada en todo el camino, sabía dónde tenía que ir y sabía cómo llegar. De vez en cuando dirigía la mirada hacia la joven y suspiraba. Megumi agradeció aquel silencio, no tenía ganas de hablar más ni de sonrisas forzadas ni de nada, miraba por la ventanilla del coche y veía la gente agitada, moviéndose de un lado a otro con prisa, sin disfrutar de los momentos ni del sol ni de la suave brisa que les llegaba y le dio pena. Todo eso le recordó a Kein, él siempre decía que había que beber de cada momento como si fuesen gotas de agua en un abrasador y seco día de vagabundeo en el desierto, que había que recibir los pequeños detalles como si fuesen enormes regalos. Y no pudo evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos. Se tocó la cabeza para quitarse la pamela y se dio cuenta de que no la tenía, pero en esos momentos le pareció algo tan sumamente insignificante que no le dio importancia. Soltó entonces el pelo del moño que llevaba hecho, se quitó los ganchos que retenían su flequillo, se limpió con los dedos las lágrimas que tenía, respiró hondo y se escondió detrás de su cabello con el corazón en un puño y un tremendo dolor de garganta.
12.5.11
Día de playa II
Había sangre por todas partes y se escuchaba mucho ruido alrededor. Le pareció escuchar a alguien pidiendo una ambulancia, el sonido de una sirena de policía y gente corriendo, seguramente serían los ladrones huyendo del lugar del incidente. Pero a pesar de todo lo que pasase a su alrededor, Megumi no podía apartar sus ojos de la mirada perdida de Kein, su cuerpo inerte yacía justo al lado de sus piernas y ella no paraba de balbucear su nombre, de llorar y acercar sus manos hacia el pecho de éste pero sin llegar a tocarle como para no aceptar que no iba a notar bajo la palma de su mano el latir de su órgano vital, no podía estar parado. El miedo la invadía conforme pasaban los segundos, su corazón latía desvocado como si quisiera escapar de aquella situación. De pronto, alguien la cogió por los hombros e intentó levantarla y alejarla de allí, pero ella hizo acopio de todas sus fuerzas y se avalanzó de nuevo contra el cuerpo muerto de Kein mientras lloraba desconsoladamente y gritaba.
-No, Kein, cariño... ¡NOOOOOO! Por favor, mi amor, ¡mírame! - gritaba entre sollozos mientras aquel hombre intentaba levantarla de nuevo. - No puedes estar muerto, por favor, no... no puede ser, Kein, ¡mírame, te lo suplico!
-Señorita, venga con nosotros, - le dijo con una cálida y reconfortante voz la persona que la sujetaba por los hombros, quien resultó ser un policía- hay una ambulancia esperándola, allí están nuestros psicólogos, quizá se sienta usted mejor hablando con ellos, por favor...
Después de un par de rechazos, finalmente accedió a seguirle. Estaba llena de sangre, se fijó mientras caminaba hacia la ambulancia, llena de su sangre, no podía creérselo, quería salir corriendo de allí, despertar de esa pesadilla, quería verle de nuevo... y de pronto la imagen de Kein en el suelo con los ojos abiertos, aquella expresión de susto y un charco rojo alrededor de su cuerpo le vino de nuevo a la mente. La sentaron en una camilla, se encogió sobre sí misma y empezó a llorar como una niña pequeña. Le temblaba todo el cuerpo, le dolía el pecho y estaba empezando a marearse.
- Cariño, respira hondo, intenta calmarte, habla con nosotros, podemos ayudarte.- le dijo uno de los psicólogos, era una mujer más o menos mayor, le recordaba a su profesora preferida de hacía unos cuantos años, de cuando iba a primaria. Inspiraba confianza y tenía una mirada llena de cariño. Aun así no le hacía sentirse mejor y seguía estando nerviosa, cada vez más.
-¿Ayudarme? - dijo de pronto Megumi con la voz tomada por culpa de tanto llorar- Ya nadie puede ayudarme, no podeis hacer que vuelva a mi lado- susurró como pudo mientras se secaba las lágrimas y miraba hacia donde estaba su cuerpo tapado ahora con uno de esos plásticos- Quiero irme a mi casa, no quiero hablar con nadie, quiero estar sola.
-Lo entendemos, pequeña, pero hemos de hacerte unas preguntas y seguro que te sienta bien hablar con nosotros aunque ahora no lo creas, estamos aquí para eso- dijo otro de los psicólogos con una dulce voz y una sonrisa en la cara.
-Cuanto antes pregunteis, antes responderé y podré irme a casa, pero...-miró hacia abajo- mis llaves están en su bañador y estoy sola en casa, sin ellas no tengo donde estar.
-Tranquila, te las conseguiremos. Comencemos pues- carraspeó un poco, intentó seguir con esa expresión dulce en su cara y empezó a hacerle un montón de preguntas a Megumi.
Entre suspiros y lágrimas retenidas al recordar el momento que minutos atrás había vivido e inspiraciones profundas para calmar sus nervios, Megumi fue contestando cada una de las preguntas, aunque suponía que no sería de demasiada ayuda porque no se había fijado en nada y si lo había hecho lo había olvidado, solo recordaba la expresión de susto de Kein. Cuando calló al suelo sin más, toda la sangre que salió... Kein... no podía parar de pensar en él y aun así no podía creer que no volvería a hablar con él. Todo había terminado.
-No, Kein, cariño... ¡NOOOOOO! Por favor, mi amor, ¡mírame! - gritaba entre sollozos mientras aquel hombre intentaba levantarla de nuevo. - No puedes estar muerto, por favor, no... no puede ser, Kein, ¡mírame, te lo suplico!
-Señorita, venga con nosotros, - le dijo con una cálida y reconfortante voz la persona que la sujetaba por los hombros, quien resultó ser un policía- hay una ambulancia esperándola, allí están nuestros psicólogos, quizá se sienta usted mejor hablando con ellos, por favor...
Después de un par de rechazos, finalmente accedió a seguirle. Estaba llena de sangre, se fijó mientras caminaba hacia la ambulancia, llena de su sangre, no podía creérselo, quería salir corriendo de allí, despertar de esa pesadilla, quería verle de nuevo... y de pronto la imagen de Kein en el suelo con los ojos abiertos, aquella expresión de susto y un charco rojo alrededor de su cuerpo le vino de nuevo a la mente. La sentaron en una camilla, se encogió sobre sí misma y empezó a llorar como una niña pequeña. Le temblaba todo el cuerpo, le dolía el pecho y estaba empezando a marearse.
- Cariño, respira hondo, intenta calmarte, habla con nosotros, podemos ayudarte.- le dijo uno de los psicólogos, era una mujer más o menos mayor, le recordaba a su profesora preferida de hacía unos cuantos años, de cuando iba a primaria. Inspiraba confianza y tenía una mirada llena de cariño. Aun así no le hacía sentirse mejor y seguía estando nerviosa, cada vez más.
-¿Ayudarme? - dijo de pronto Megumi con la voz tomada por culpa de tanto llorar- Ya nadie puede ayudarme, no podeis hacer que vuelva a mi lado- susurró como pudo mientras se secaba las lágrimas y miraba hacia donde estaba su cuerpo tapado ahora con uno de esos plásticos- Quiero irme a mi casa, no quiero hablar con nadie, quiero estar sola.
-Lo entendemos, pequeña, pero hemos de hacerte unas preguntas y seguro que te sienta bien hablar con nosotros aunque ahora no lo creas, estamos aquí para eso- dijo otro de los psicólogos con una dulce voz y una sonrisa en la cara.
-Cuanto antes pregunteis, antes responderé y podré irme a casa, pero...-miró hacia abajo- mis llaves están en su bañador y estoy sola en casa, sin ellas no tengo donde estar.
-Tranquila, te las conseguiremos. Comencemos pues- carraspeó un poco, intentó seguir con esa expresión dulce en su cara y empezó a hacerle un montón de preguntas a Megumi.
Entre suspiros y lágrimas retenidas al recordar el momento que minutos atrás había vivido e inspiraciones profundas para calmar sus nervios, Megumi fue contestando cada una de las preguntas, aunque suponía que no sería de demasiada ayuda porque no se había fijado en nada y si lo había hecho lo había olvidado, solo recordaba la expresión de susto de Kein. Cuando calló al suelo sin más, toda la sangre que salió... Kein... no podía parar de pensar en él y aun así no podía creer que no volvería a hablar con él. Todo había terminado.
11.5.11
Día de playa I
Era una bonita mañana de Julio y por ello Megumi y Kein habían decidido ir a dar un paseo por la ciudad para ir a parar a la playa sobre la hora de comer. Iban de la mano, sin prisa, como cada día que salían juntos. Disfrutaban al máximo de cada momento, era una promesa que se habían hecho al poco de estar juntos en aquella nueva relación. Estaban enfrascados en una de esas divertidas conversaciones sin sentido que no llevan a ningún sitio, en las que una cosa lleva a la otra y nunca recuerdas cómo empezó todo.
Megumi llevaba una graciosa pamela que le tapaba del sol, su bikini favorito, una camiseta de cuello de barco estilo marinero y unos vaqueros cortitos que dejaban ver sus largas y blancas piernas. Kein llevaba puesta una camiseta de manga corta azul marino y un bañador estilo pantalón por la rodilla, negro, que le había regalado Megumi un par de meses atrás para asegurarse de que cuando hiciera buen tiempo irían a la playa algún día. Así era ella, solía dejar caer las cosas sin palabras y eso le hacía gracia a Kein, era una de las mil cosas que le gustaban de ella, como siempre le decía llamándola pequeña mientras le daba con el índice en la nariz y sonreía al ver a Megumi arrugarla. Además, ambos llevaban chanclas, algo extraño en cualquiera de los dos, pero se habían propuesto que aunque fuera por un día irían como la típica pareja. También por eso, Kein cargaba a la espalda una mochila con una neverita dentro para los refrescos y la comida, con las dos toallas colgadas en los tirantes de ésta. Llevaban nada más que lo necesario para no tener que preocuparse de si les podían robar algo. Poco dinero, cámara sumergible y las llaves enganchadas en uno de los bolsillos internos del bañador de Kein, estaba todo pensado. Sería un día perfecto.
Iban jugando, haciéndose cosquillas, riéndose alegremente de una de las tonterías que les había hecho gracia de aquella película que vieron unos días atrás. Estaban pasando por delante de una tienda bastante grande, de esas rodeadas con ventanales de cristal y puertas correderas automáticas cuando, de pronto, sonó un estruendo detrás de otro, los cristales del ventanal que daba hacia ellos se hizo añicos y antes de que pudieran reaccionar siquiera, Kein calló desplomado justo al lado de Megumi. Ésta comenzó a gritar, a pedir auxilio con todas sus fuerzas, se puso de rodillas con los brazos en el aire al lado de él mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. "No, no, no, no, no puede ser, no...", repetía dentro de su cabeza. Movía los brazos en acciones incompletas, no sabía si moverle o dejarle quieto.
Megumi llevaba una graciosa pamela que le tapaba del sol, su bikini favorito, una camiseta de cuello de barco estilo marinero y unos vaqueros cortitos que dejaban ver sus largas y blancas piernas. Kein llevaba puesta una camiseta de manga corta azul marino y un bañador estilo pantalón por la rodilla, negro, que le había regalado Megumi un par de meses atrás para asegurarse de que cuando hiciera buen tiempo irían a la playa algún día. Así era ella, solía dejar caer las cosas sin palabras y eso le hacía gracia a Kein, era una de las mil cosas que le gustaban de ella, como siempre le decía llamándola pequeña mientras le daba con el índice en la nariz y sonreía al ver a Megumi arrugarla. Además, ambos llevaban chanclas, algo extraño en cualquiera de los dos, pero se habían propuesto que aunque fuera por un día irían como la típica pareja. También por eso, Kein cargaba a la espalda una mochila con una neverita dentro para los refrescos y la comida, con las dos toallas colgadas en los tirantes de ésta. Llevaban nada más que lo necesario para no tener que preocuparse de si les podían robar algo. Poco dinero, cámara sumergible y las llaves enganchadas en uno de los bolsillos internos del bañador de Kein, estaba todo pensado. Sería un día perfecto.
Iban jugando, haciéndose cosquillas, riéndose alegremente de una de las tonterías que les había hecho gracia de aquella película que vieron unos días atrás. Estaban pasando por delante de una tienda bastante grande, de esas rodeadas con ventanales de cristal y puertas correderas automáticas cuando, de pronto, sonó un estruendo detrás de otro, los cristales del ventanal que daba hacia ellos se hizo añicos y antes de que pudieran reaccionar siquiera, Kein calló desplomado justo al lado de Megumi. Ésta comenzó a gritar, a pedir auxilio con todas sus fuerzas, se puso de rodillas con los brazos en el aire al lado de él mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. "No, no, no, no, no puede ser, no...", repetía dentro de su cabeza. Movía los brazos en acciones incompletas, no sabía si moverle o dejarle quieto.
7.10.10
Megumi y Kein.
Allí estaban ellos sentados en el último banco del parque enfrente de la fuente con forma de estrella como cada tarde que decidían verse. Megumi era una chica de pelo largo, castaño y ondulado, que le caía por la espalda como una cascada. Tenía los ojos de un marrón oscuro que llamaba la atención a simple vista y que ella solía esconder tras su cabello. Esa tarde vestía sus pantalones anchos favoritos que conseguían taparle totalmente las zapatillas, y una camiseta holgada gris de tirantes. Por el contrario, Kein tenía el pelo corto y liso, los ojos de color verde esmeralda y una mirada misteriosa. Llevaba unos pantalones rectos negros con zapatillas de deporte y una camiseta de su grupo preferido. Parecían un poco diferentes pero tenían una fuerte amistad que les unía. Solían quedar un par de veces por semana para hablar, tomar algo o simplemente para estar juntos y pasar tiempo en común, pero aquella tarde no era como las demás si no que tenía algo que la hacía distinta, ninguno de los dos decía nada, ni siquiera se miraban.
Kein levantó la mirada, fijó sus ojos en Megumi y de pronto su corazón comenzó a latir más rápido que de normal, se puso nervioso y desvió la mirada de nuevo, como llevaba haciendo toda la tarde. Megumi se dio cuenta y le miró, abrió la boca como para decir algo pero decidió callar de nuevo. Pasaron un par de minutos y ninguno de los dos se decidía a comenzar la conversación.
-Kein... -susurró Megumi a media voz-. Kein, creo que tienes algo que contarme. ¿Qué te pasa últimamente conmigo? No entiendo tu comportamiento, me he dado cuenta de que no puedes mantenerme la mirada más de cinco segundos seguidos, rehuyes mis abrazos y casi ni me dejas saludarte dándote un beso. Antes podíamos hablar durante horas de mil cosas diferentes, ahora no somos capaces ni de mantener una conversación de más de cuatro palabras seguidas, he de arrancarte las palabras si quiero saber cómo te ha ido el día. Te digo de ir a ver una película juntos y siempre tienes alguna excusa para usar, te llamo a casa y me dicen que has salido, que no estás, que estás durmiendo. Yo ya no...
De pronto Kein le puso un dedo sobre sus labios para que dejase de hablar, le dedicó una profunda mirada y le susurró:
-Ssssh, deja de hablar, deja de decirme todo lo que ya sé porque no me facilitas nada de esta manera, no puedo decírtelo, no soy capaz, lo siento...
-Kein, pero es que ya no sé a qué atenerme, ¿qué no puedes decirme? No entiendo nada. Desde que te conozco nunca te había pasado esto, siempre podía contártelo todo y no necesitaba ni empezar a hablar yo porque ahí estabas tú para preguntarme sobre todo, pero ahora... ahora he de comenzar yo cada conversación y preguntar de cientos de maneras diversas si quiero saber qué pasa por tu cabeza y ni aún con esas lo consigo. Me da la sensación de que te molesta que te cuente mis cosas y yo ya no sé cómo comportarme, hazme una lista y facilítame las cosas, ¿quieres? -dijo ella de un tirón.
-No entiendes nada ni nunca lo entenderás, ¿no eres capaz de comprender lo que me pasa? Te creía más inteligente pero ya veo que tan solo me he dejado llevar y que mis ojos no muestran la realidad si no la fantasía que yo mismo he querido crearme. ¿Acaso no te das cuenta de lo que me pasa?. ¿Tan difícil es para ti?-le respondió bruscamente de una manera especialmente borde. No se había dado cuenta pero estaba de pie con una postura amenazadora y había terminado alzando la voz. Megumi le observaba fijamente y sus ojos reflejaban algo de miedo.
-Lo... lo siento Megumi-dijo mientras se sentaba a su lado y la cogía de las manos-. Perdóname, de verdad, no sé qué me ha pasado, no sé por qué te he hablado de esa manera, no era mi intención pero es que yo...
-No, Kein, perdóname tú a mí porque creo que soy yo quien te causa el estar en ese estado, pero es que no entiendo nada. Si te he causado daño alguno te pido perdón. Eres mi mejor amigo y no soporto que te alejes tanto de mí, te necesito a mi lado. -respondió Megumi casi con lágrimas en los ojos.
-Pero es que... Megumi, yo... -Kein desvió la mirada de manera nerviosa y comenzó a respirar más rápidamente, le sudaban las manos y Megumi se dio cuenta de ello.
-¿Qué te ocurre Kein? -dijo ella de inocentemente y le giró la cara suavemente para mirarle a los ojos.
-¡Megumi, joder, parece que no quieras enterarte de que te quiero! ¿No te das cuenta? Por eso rechazaba quedarme a solas contigo en casa, porque no aguantaba sentirte tan cerca y no poder acariciarte, besarte, decirte todo lo que sentía. Mirarte a los ojos me vuelve loco, ¡cuántas veces me habré dormido soñando con tu dulce mirada! ¿Sabes lo que es tener que rechazar hablar contigo por miedo a que se me escapase todo lo que llevo dentro?. Es que no tienes ni idea de lo que es. -respondió Kein casi sin darse cuenta.
-Kein, nunca lo había mirado de esa manera, no creía que algún día llegases a sentir algo por mi, te tenía como a mi mejor amigo, la persona en la que más confío, en la que creo, a la que necesito, la única persona que logra hacerme sonreír cuando se me cae el mundo encima. Y claro que te quiero, ¡yo también te quiero! Y creo que no te llegas a hacer a la idea de cuánto, por eso quiero verte a diario, por eso no aguanto más de un día sin saber de ti. –al terminar de hablar se quedó sobresaltada, se tapó la boca con ambas manos y le miró con los ojos totalmente abiertos, su corazón latía desbocado, jamás había sentido nada como estaba sintiendo en aquel momento.
Kein parpadeó sorprendido, la miró y dijo sorprendido:
-¿De verdad sientes todo eso, Megumi?
Ella asintió, ruborizada, y acercó lentamente su rostro al de Kein, ambos respiraban entrecortadamente y aun así no desviaron las miradas, se acercaron más y más hasta que los labios de uno rozaban los del otro y entonces cerraron los ojos y se dejaron llevar por ese beso. Su primer beso, tan mágico como en sus sueños. Miles de sentimientos se entrecruzaron por sus adentros y terminaron enlazados en un cálido abrazo. Ya no habría más secretos ya que todos los que guardaban habían quedado descubiertos.
Pequeños puntos de inspiración
¿Quien soy yo?
- Luu
- Valencia, Spain
- Ni yo misma lo sé, tan solo me creo una maniática de los lios mentales, las ensoñaciones por lugares inóspitos y las mayores irrealidades jamás creadas. Quizá tanto vivir en mundos aparte sea lo que cause tantos estragos a mis pensamientos.